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Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell |
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| No es de tipo igloo ni hecha de telas coloristas, nada de fibras resistentes y tampoco es ligera, pero como la “Puerta de Alcalá” ahí está viendo pasar el tiempo. Creo no equivocarme si asevero que nunca otra tienda de campaña, albergó tanta ilusión, y tanto amor, amén de a tanta gente ávida de aprender, de conocer, de descubrir el mundo de las montañas y sus gentes. Tres generaciones bien cumplidas al cobijo de su lona. La primera aquel grupo pionero que descubrió para sí el Pirineo en los albores del excursionismo eldense, allá por 1958; inicios que fueron pródigos en acampadas luego llamados campamentos de montaña. La segunda la de sus hijos, en la que otros nos sumamos, y la tercera los nietos de aquellos fundadores y nuestros hijos, que por edad aportan ya la cuarta generación. |
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Casi medio siglo y ella estuvo siempre allí, sin más cerradera que la atadura de un simple lazo cuando la noche o la cerrazón se cernían sobre el lugar, permitiendo el fácil refugio a todo aquél que buscase el calor de una taza humeante y el de una sencilla conversación. No hay magia longeva, pues no fue una, sino tres, las tiendas de Rafael Vercher, y ni siquiera iguales, pero es difícil distinguir tales matices frente a la humanidad de su dueño que sin excepción construyó los tres modelos. La primera la hizo tras la guerra incivil, como él solía llamarla, cosiendo entre sí sacos de harina fruto de la época del estraperlo y usando como sostén gruesos postes de madera rematados por un clavo que servia de guía a toscos ojales reforzados con el mismo hilo de palomar, que cosía y recosía toda la tienda a mano. Esta segunda la conocimos, o mejor la sufrimos, por su peso y volumen durante muchos años hasta que un día, ¡Que Demonios! __ dijo el dueño__ ¡Vamos a estrenar la nueva!, y todos nos alegramos, dando adiós a los pesados palos y la bienvenida al más liviano y desmontable sostén de aluminio; que sin llegar a la ligereza de las varillas de fibra supuso desahogo del volumen y peso a transportar. No hay peligro de quedarme corto si digo que somos multitud los que hemos gozado de la hospitalidad de tan ilustre y generoso pabellón a lo largo y ancho de la geografía de nuestra región. Hombres, mujeres y niños. En marchas, viajes, campamentos o cursillos de escalada, de alta montaña o de iniciación. En las noches frías o en los calidos atardeceres, bajo la pertinaz lluvia o en el húmedo amanecer. Veteranos y neófitos, ilustres y desheredados, alpinistas y escaladores, montañeros y excursionistas, visitantes o acompañantes, pues no importó la condición, sexo o religión para ser bienvenido y disfrutar de un café, un chocolate y un amable momento. La tienda de Rafael Vercher, es el símbolo de la hospitalidad montañera porqué así fue construida a lo largo de su vida y así se sigue manteniendo heredada por el Alpino cuyos hombres, como no podía ser menos, recibieron no sólo una tela, no sólo unos vientos o unos palos, sino el espíritu de aquél hombre que encargó un festejo para celebrar su última ascensión y congregó sobre la montaña que tanto amó a todos los amigos en el adiós. Su ejemplo quedó cosido y recosido en nosotros tan firmemente como las puntadas de hilo de palomar que impregnan todavía el recio ambiente del habitáculo de lona que inmutable como la voluntad de su creador, se levanta en cada Rallye Montañero y en cada evento relevante, dando el mejor homenaje que se le pueda hacer a un hombre, que no es otro que continuar su obra. Muchos miles de eldenses pasaron por ella y muchos más la verán, pues ahí está viendo pasar el tiempo, bajo el mismo ideal: Montaña y hospitalidad.
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