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Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell |
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“Un
silencio solemne, un infinito y vivísimo centellear de astros sobre
el azul profundo y aterciopelado, dijera, del cielo; un elevarse imponente
de enormes masas y de cimas sublimes; un extenderse y encontrarse de sombras
gigantescas sobre la cándida extensión de nieves y hielos.” |
Ésta,
es sólo una pequeña parte de los muchos artículos
que el alpinista Ambrogio Damiano Achille Ratti, socio de la sección
de Milán del Club Alpino Italiano, escribió a principios
del siglo pasado y que todavía hoy invita a la reflexión
y hace soñar al montañero, recordando tan preciado instante
en la soledad de la Alta Montaña. |
Achille nació en Desio, cerca de Milán en 1857, y decir que cursó estudios de filosofía en la academia de Santo Tomás de Aquino resulta más que evidente sólo con leer la primera línea. Aquel joven que se inició en la escalada de montañas desde la infancia, comenzó a lograr notoriedad como alpinista a los 32 años cuando junto a su amigo Luigi Grasselli y acompañados por el guía Gadin Giuseppe y el porteador Promet Alessio, del pueblo de Courmayeur, lograron la primera travesía italiana del Monte Rosa desde Macugnaga hasta Zermatt. |
| Él mismo contó, cómo con las primeras luces del día superaron el famoso y complicado couloir de hielo logrando coronar a las 7 de la tarde la cima más baja del macizo, siendo los primeros en conquistarla. Tuvieron que pasar la noche a 4.600 metros de altitud. Una noche que por suerte fue espléndida y serena, tal y como habéis leído, la describió. Al día siguiente lograban alcanzar la punta Dufour de 4.634 metros y continuar su travesía hasta Zermatt. Su amigo Grasselli, que perdió el piolet durante la bajada, llegó al hoy famoso y peatonal pueblo alpino de Zermatt con las manos ensangrentadas a causa de tanto apoyarlas sobre la nieve, y mientras éste se reponía de sus heridas, Achille consiguió escalar el Cervino por la vía suiza en una época en la que se consideraba toda una proeza. |
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Un año después, Giovabbi
Bonin se unió al equipo y juntos conseguirían la cumbre
del Mont Blanc abriendo una nueva ruta, la “Vía de los Italianos”
El descenso fue por la arista de Les Bosses y después de pasar
la noche en el refugio Vallot a 4.460 metros de altitud __que ya existía__
descendieron por la que luego habría de ser, la ruta normal al
Mont Blanc desde el valle de Aosta.
Después de aquellas ascensiones, el profesor Achille Ratti siguió realizando excursiones y escaladas en diversos macizos de los Alpes y muy especialmente en la región de Novara, donde ascendió al Pequeño San Bernardo, una zona que llegó a conocer bien y que nunca olvidó. |
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Este hombre dio al alpinismo a través de sus artículos una sencillez y naturalidad a la par que profundidad de pensamiento digna de encomio: “El alpinismo no es ciertamente cosa de atolondrados sino al contrario, cuestión solamente de prudencia y de un poco de valor, de fuerza y de constancia, de sentimiento de la naturaleza y de sus más recónditas bellezas, cuanto más tremendas más sublimes y más fecundas para el espíritu que las contempla”. |
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De todas las bellas frases que a lo
largo de su dilatada vida pronunció referidas a la montaña,
yo me quedó con aquella que completaba a su vez la de Mallory,
otro gran alpinista de la época, y que dijo, cuando alguien le
formuló la pregunta que tanto nos hacen a los montañeros
¿por qué suben los hombres a las montañas? Mallory,
cuentan que lacónicamente contestó: ¡porque
están ahí! Y Achille, cuando un día
le hicieron la misma pregunta contestó “los hombres
suben a las montañas porque están ahí puestas por
Dios.
Desde luego si alguien podía
saberlo tuvo que ser aquel alpinista que a los 65 años de edad,
cambio de nombre para llamarse “Pio XI” y
adoptar la nacionalidad Vaticana, al convertirse
en el sumo pontífice de la Iglesia Católica.
Murió en 1.939 a la edad de 82 años y nunca dejó de citar como ejemplo a la montaña a lo largo de su vida. Hoy aquella vía italiana al Mont Blanc sigue llamándose “la vía del Papa”. Fue él también, quien dio un patrón a los alpinistas y montañeros de todo el mundo: San Bernardo de Mentone, otra bella historia que un día contaré. Juan M. Maestre |
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