Como ya estamos otra vez con lo mismo,
ahora que hay gobierno en mayoría me gustaría conocer
el plan definitivo sobre la ubicación del mentado animal. En
cuanto a mi opinión seré rápido y directo, refiriéndome
al plan.
Si he de elegir, me importa un comino (dicho así por no reiterarme
en el texto) el huevo del águila perdicera, pues también
el espíritu de aventura se encuentra en peligro de extinción.
Y ahora, el espécimen a proteger; de cuentos cuyo único
fundamento sea callar a falsos ecologistas, que incordian a políticos
absurdos, (podrían ser peores calificativos) es el propio escalador.
Conviene que éstos espabilemos y empecemos a tocarles también
“sus temas” a unos y a otros, o volverán a empapelarnos
con prohibiciones por el mismo asunto de los huevos (del águila
perdicera).
Nada dijeron aquellos sobre el lugar donde poner el nido, pues disertar
sin atinar, o lo que es igual sin decir nada, es esencia de lo político,
pero por si acaso y curándome en salud, cual eldense escarmentado,
siendo las Peñas del Marín, colindantes al terreno de
los futuros golfistas de las Barrancás y también a la
Camará municipal, quiero advertir que allí se alberga
una de las primeras zonas escuela de escalada en España, que
nacieron por la voluntad de unos eldenses que supinos arrancar desde
ellas hacia cotas de ilusión, no sin poco esfuerzo, hace ahora
casi cincuenta años; mucho, pero que mucho antes que allí
anidase ave alguna. Para que conste. Por allí han pasado miles
de jóvenes eldenses y saben de lo que hablo. No repitan, por
favor, lo de las cabras de los Chaparrales, que tampoco pintan nada
allí, ni sigan con la doble moral de proteger para luego matar.
Aquí, ruego absténgase cazadores de entrar al trapo por
el ejemplo dicho, que también del que mata para divertirse, a
un bicho, tengo mucho que hablar y no me trago ya, (debe ser la edad)
las tan cacareadas razones del equilibrio cinegético que alimenta
y luego pum, pum. Si son tan nobles quédense en la fase primera.
Mi ruego sobre este territorio que hoy tiene fama internacional, por
las continuas visitas de escaladores de todas las nacionalidades, y
que avalan diversas publicaciones que ya existen en todo el mundo, es
para que no metan allí, ni sus huevos, ni sus absurdas razones,
ni sus botes de pintura, costumbre ésta última, contraria
a nuestra tradición que, para mayor escarnio, vienen patrocinando
entidades públicas y federaciones para mantener (aquí
hablo ya de pelas) a falsos montañeros y ecologistas, peseteros
y trepas. Vuelvo aquí a hacer prevalecer la condición
de montañero, recordándoles a todos que aquí estábamos
nosotros primero; antes incluso de nacer la palabrita, y también
de que llegase el invento francés de la brocha y el bote. En
fin ¡Que ya está bien de tanto pintamontes y tanto golfista!
Y que no se entienda mal, que yo también quiero al animal y por
eso, propongo, para mejor cuidar al pájaro, que se ubiquen los
nidos en el balcón del Ayuntamiento, de la Diputación
Provincial o de la propia Generalitat Valenciana y que sean, quienes
hacen esas leyes absurdas, metidas con calzador y panfletarias prohibiciones,
quienes se ocupen, de verdad, de verdad, del problema del águila
perdicera y de sus huevos, que ya “manda huevos” (ahora
se puede citar) esta repentina preocupación institucional. Creo
que ya está bien, de que nos toquen siempre los huevos (del águila
perdicera) a los montañeros.
Si alguien quiere hablar de huevos, hablemos también de las Cañadas
y del porqué de tan alejadas recalificaciones de un terreno municipal,
que eso sí que tiene narices (dicho sea por no volver a rimar)
pero hagámoslo de verdad, hablando claro, llamándole al
pan, pan y al vino, vino para que nadie se llame luego a engaños.
Seamos capaces de llegar hasta el final y que prevalezca por encima
de todo, la verdad, la ética y la honradez. (Perdón por
el desuso de los vocablos).
Por cierto, después de lo dicho al principio de mi argumentación,
también me importa un ápice, (aquí soy educado,
aunque se entiende) lo que diga la federación o los ecologistas,
quienes a falta de los suficientes “argumentos” (dicho así
para que sea publicable) con los que atreverse a entrar en los temas
de verdad importantes, se contentan con las migajas de los avispados
que los apañan.
Abramos los ojos de una vez, todos los montañeros y ciudadanos
de corazón, los que nunca pusimos la mano para “cobrar
por nuestra afición”, y echemos del templo a todos los
mercaderes de la montaña, que no hacen ninguna falta.
De los que son de verdad, no he hablado. Lea bien el político,
el ecologista y el montañero y colóquese donde proceda,
que ya está el cupo lleno de “los águilas perdiceras”
(el pronombre lo escribí bien).
(Publicado en Valle de Elda, Nº 2.524 el
6 de julio de 2007)
Juan M. Maestre