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Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell


El grupo que hizo cumbre estaba compuesto en su mayoría por jóvenes del Grupo Escuela del Alpino, para quienes aquella cima significó su primer tres mil.

 

 

“La primera no se olvida”

El Tuc de Mulleres

Al dejar atrás el antiguo hospital de Viella, junto a la entrada Sur del túnel, pensé que 19 personas éramos demasiadas, sobre todo si 14 no tenían ninguna experiencia en alta montaña y los cinco restantes no habíamos subido nunca a la cumbre del Mulleres, nuestro objetivo, que para postre, se encuentra cubierto por espesas nubes.
Con este pensamiento recorrimos la parte baja del valle y después de una corta subida alcanzamos el Pla de Aiguamoll. Fue la primera parada, a la media hora de marcha, que vino muy bien para saber donde estaban las fuerzas en el grupo. A partir de allí la nieve se hizo presente.
Al fondo de la Pleta Nova, una vez superado el resalte rocoso, adornado con una bella cascada casi helada, a los más fuertes ya los habíamos bautizado como el equipo “rompe piernas”. Allí comenzaron las fuertes pendientes y a pesar de las huellas que guiaban el camino, nos hundíamos hasta las rodillas. Pensé que sería penoso, pero me alegré, porque aquella cantidad de nieve representaba la seguridad de la ascensión. Allí supe que haríamos cumbre, pues los chavales estaban muy fuertes. Mi mayor preocupación se centró en encontrar el refugio y dar acomodo a tanta gente. Supuse que estaría ocupado por los autores de las huellas, pero esperaba dar con montañeros que supieran compartir, aunque no fue así.
Los zigzag se sucedieron hasta alcanzar la cubeta del primer lago y justo en lo alto de un cerro, en la vertiente derecha del valle, se encontraba el refugio tal y como indicaba la guía que llevábamos. Hacía una hora que había comenzado a nevar, suave, pero ininterrumpidamente, cuando alcanzamos, con las últimas luces de la tarde, la pequeña cabaña metálica.


El grupo en la Pleta del Mulleres, mientras la tarde se cierra.

Bien equipado y acogedor, el refugio, se quedó pequeño para nuestras necesidades. Sólo contaba con 12 literas y 8 ya estaban ocupadas. Menos mal que nos quedaron cuatro libres y el pequeño pasillo, así que, el primer barullo fue colocarnos para cenar, aunque al final lo logramos. De menú, cada cual comió lo que llevó: sopas variadas y revueltas, café soluble, té y lo habitual en estas salidas. Se cenó bien, pero se acabó toda el agua.
El segundo barullo fue el milagro de acostarse. Tres se construyeron una cueva en la nieve, otro un nicho y el quinto se colocó debajo del refugio. Fue de película. Veintidós personas en 16 metros cuadrados. Luego, 82 cazos de nieve y una infinita paciencia, nos dieron a Javi y a mí, 10 litros de “agua de no dormir” para todo el grupo. Durante toda la noche no cesó de nevar con la misma suavidad que lo hiciera durante la tarde y al amanecer, el tercer barullo: cada cual buscó lo suyo y al final se desayunó como se pudo, pero a las nueve todo listo y de nuevo en marcha. Los “rompe piernas”, a la cabeza, volvían a poner la larga caravana de cuerpos medio dormidos que tardaron en despabilar entre las monótonas vueltas de un bien trazado camino sobre nieve virgen, blanda y profunda.
Fue una gozada inmensa ver como descubre el neófito, paso a paso, sobre el blanco elemento y bajo los finos e inmaculados copos que no cesan, la dureza de un mundo que todavía no conocen. Confieso que me causó placer la contemplación de tantos rostros jóvenes, de ceño fruncido e inmadura expresión, que intentaban comprender y asimilar la experiencia del momento, con la duda a flor de piel y quién sabe qué otros sentimientos. Mientras camino me siento dichoso por estar allí compartiendo con ellos el inmortal deseo de ser montañero. Hacía mucho tiempo que yo también había sido así y disfruté creyendo conocer cada uno de los pensamientos, que como un libro abierto, llevaban escrito en sus caras.
Alcanzado el circo superior nos paramos a comer, protegidos en una hondonada del molesto viento que, a ráfagas, castigó los helados rostros. Frente a nosotros envueltos en la blanquísima luz que filtraban jirones de nube, la cresta de Salenques se hallaba a nuestra altura, pero el Mulleres siguió sin dejarse ver. A partir de allí la pendiente fue ganando inclinación a medida que nos acercábamos a las paredes y nuestro paso precisó de mayor atención.
Entre intensas nubes, la pequeña cota del Cap del Toro nos confundió desde la perspectiva donde nos encontrábamos y tomamos el collado de la derecha, para descubrir que aquél no era el buen camino y mucho menos el mejor lugar para discutirlo bajo las afiladas esquirlas de hielo que, como agujas y a gran velocidad, nos acribillaban impulsadas por el fuerte viento. Para algunos fue un momento fuerte y se escucharon las primeras voces de abandono. Evidentemente allí no se podía ni pensar, por lo que, retrocedimos lo andado hasta trazar el verdadero por una empinada canal hasta la cresta. Dani superó limpiamente el paso asegurado por la cuerda, pues ya no estábamos para más sustos como el que minutos antes nos dieron Begoña y Ricardo, cuando se deslizaron pendiente abajo. Menos mal que durante sólo unos metros.
Alcanzar la cresta nos llevó más tiempo del esperado, tanto, que los últimos de la fila yo creo que más que por otra cosa, se retiraron por el cansancio, la gélida espera y la incertidumbre de una cumbre que, aun estando cerca, no se dejó ver en ningún momento.

Por grupos fuimos saliendo a la cresta camino hacia la cumbre, tan próxima y de fácil acceso que fue una verdadera pena ver bajar a los compañeros, ignorantes de lo cerca que la tenían. José Luís y yo, que habíamos asegurado la progresión de todo el grupo en el paso de la cresta, echamos a correr hacia la cima, cuando ya bajaban Florencio y el resto del grupo cansados de esperar bajo el viento y el frío y fue un buen detalle por parte de todos que volvieran a retroceder los pocos metros descendidos, para celebrar todos juntos aquella que fue, la conquista primera de un tres mil para todos los esforzados chicos y chicas que allí mismo fueron bautizados como caballeros y damas montañeros.
Bautizo montañero de los jóvenes, para quienes el Tuc de Mulleres, significó su primer tres mil.
Ricardo Martínez y Yolanda Maestre reciben el nombramiento al uso, del maestro oficiante más veterano:
Florencio Pérez Martínez.

El bautizo de tanto novel fue más largo que los de primeros de mes en la iglesia de Santa Ana. La foto de rigor y un premio al esfuerzo materializado con la visión clara y frontal de todo el macizo del Aneto que, muy cercano, emergió de entre las brillantes brumas para gozo nuestro. El tiempo había dado un cambio y el sol nos acompañó durante todo el largo y divertido descenso.
A las 8 de la tarde alcanzábamos la entrada del túnel de Viella, pero esta vez por la vertiente Norte y allí sentados junto al puente de Pomarola, dimos por finalizada nuestra pequeña aventura del Mulleres. La primera a un tres mil, para la mayoría de chicos y chicas de aquel incipiente grupo escuela del Alpino, que a buen seguro ninguno de ellos olvidará. Ya sabéis, la primera nunca se olvida. Tampoco yo la olvidaré nunca.

Juan Manuel Maestre Carbonell


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