| Artículos |
Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell |
| “El
Médico de Sotul” |
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¡Los
médicos cuanto más lejos mejor! __decía
mi abuelo__ de quien seguramente heredé algo más que la
natural animadversión a la enfermedad, pues a medida que han ido
pasando los años sobre el mismo “chasis” que por genética
me correspondió, aumentaron mis fobias a los galenos, a sabiendas
de que, gracias a ellos no hice tiempo atrás, mi última
expedición al “más allá”. |
Aquella tarde, pensé que tal vez mi abuelo se refería más al natural deseo de estar sano, que a una queja sobre quienes juraban la doctrina de Hipócrates. Sólo había que ver la entrega del médico de nuestra expedición, quien seguía atendiendo a las gentes en nuestro tercer día de aproximación a la montaña, con total dedicación. La consulta médica había
aumentado, desde que dejamos atrás la ciudad de Ghat, Se había
corrido la voz por los pueblos de las montañas, y sus gentes, generalmente
familias enteras de hombres, mujeres y niños, iban llegando hasta
nuestro campamento; que aquél día instalamos, en la orilla
izquierda del Rhisi Ganga, cerca de la aldea de Sotul. Venían en
busca del “hombre que cura”, un hombre que al iniciar cada
jornada pasaba consulta a las cinco y media de la mañana a todo
el personal contratado, y al final de la caminata volvía a atender,
no sólo a los 42 porteadores, sino también a sus familias,
aquejados de diversas dolencias y enfermedades. |
| Aquel día apenas pudo comer, tarde y mal, sentado sobre la gran roca junto al río que le servía de improvisada mesa, y a la vez, camilla donde reconocer a sus enfermos. El oficial de enlace del gobierno indio que le servía de traductor, comenzaba a estar cansado de tanto hablar y mantener a la vez, el orden entre aquellas gentes de gruesa, tosca y humilde vestimenta, cuyos pies permanecían desnudos sobre la hierba. A media tarde comenzó a llover
torrencialmente anunciando el monzón que, a no muchas semanas,
habría de llegar. En pocos minutos el río aumentó
su caudal haciendo peligrar el emplazamiento de nuestro campamento, y
justificando la alejada altura de la aldea, con respecto al cauce de tan
necesario elemento. El médico seguía su inacabable consulta
bajo la lona, colocada para proteger a las gentes y al propio doctor de
aquél chaparrón. Anochecía y todavía pidió
un farol de gas para poder continuar. |
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Yo estaba
ayudando a Hemalay, nuestro cocinero, a moler la harina con la que haríamos
el pan en las siguientes semanas. El arcaico molino apenas nos protegía
de la pertinaz lluvia, cuando llegó el joven Mambahadur a quien
todos llamábamos Jhonny. Traía una nota del médico.
Una mujer estaba muy enferma y no podían llevarla hasta allí,
así que, debía ir hasta donde ella se encontrase. Me lo
comunicó como responsable del grupo, y de haber podido, tal vez
no lo habría autorizado.
No había descansado en todo el día: primero consulta médica, luego caminata y sin descanso otra vez consulta… Hacía una “noche de perros” y le esperaba una pesada marcha. Aquél esfuerzo podría resultarle excesivo. Los días siguientes iban a ser exigentes a causa de la altitud que tendríamos que superar en el collado del Lata Kopri, y después la última y todavía más lejana y alta, aldea de Tátara antes de llegar a Chandanía Ghat, al pie del Trisul, todo ello sin contar la húmeda e intrincada selva de Bhesarabowr, que no sabíamos si lograríamos atravesar, tenía muy claro que si alguien había insustituible en una expedición al Himalaya, ese era el médico. |
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Si, tal vez debí poner reparos a su marcha pero no tuve opción. Él ya subía cansinamente por el empinado sendero hacia la humilde cabaña de adobe, perdida en la región del Gharwal indostaní, donde una mujer enferma le necesitaba. Caminaba bajo la protección de un enorme paraguas, en compañía de nuestro oficial de enlace y varios familiares de la enferma, uno de los cuales iba delante, alumbrando el camino con el farol de gas, cuya luz agigantaba sobre la montaña la sombra del caminante. Aquella imagen dura y a la vez tierna, de azulados tonos y difuso enfoque, quedó en mi retina para siempre. |
| Luego, cuando el Doctor Rubio regresó, había dejado de llover y hacia frío. Entró en silencio en la tienda. Tenía pocas horas para dormir pues al amanecer le esperaba, otra vez, la consulta a los porteadores y un nuevo y agotador día de marcha. Desde mi perspectiva, dentro del saco de dormir y echado en el suelo, Alfonso proyectaba esta vez una enorme sombra sobre la pared de lona y quizá por ello, “el médico de Sotul” me pareció el hombre más grande del mundo. Dejé que se acostase creyéndome dormido, cuando en realidad pensaba en las palabras de mi abuelo, y en que aquella noche, yo no podía estar de acuerdo con él. Sotul, 25 de Junio de 1983, antes del
monzón. Juan M. Maestre |
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