Jacobo
hace dos días que partió con Selim, su criado de confianza.
Han ido en busca de unas piezas de buen paño y una caja de cuentas
de vidrio, muy apreciadas en esta región, objetos que hemos echado
en falta al hacer el recuento y que sospechamos fueron hurtados de las
canoas al cruzar el Semliki. Les acompaña Ambari, el que fuera
hombre de confianza de Speke, pues conoce bien la zona. Hice ver a Jacobo
que no eran los más adecuados para recuperar lo robado, si finalmente
se confirmaban nuestras sospechas y encontraba oposición, pero
al final tuve que darle la razón, pues no era cuestión
de enzarzarse en peligrosas peleas y crearnos enemigos en la zona. La
diplomacia era, a priori, la mejor opción, no obstante se hicieron
acompañar por varios hombres de los más robustos de la
caravana, entre quienes se encuentra Asmani, cuya altura supera los
seis pies y sus hombros ofrecen doble ancho que dos hombres ordinarios.
Partieron bien armados y pertrechados, lo cual, amedrentará a
los ladrones, llegado el momento.
Bombay, a quien al inicio de este viaje habíamos nombrado capitán,
se ha quedado conmigo al cuidado del campamento, instalado en lugar
poco acertado a juzgar por el barro acumulado tras la última
y torrencial masika de ayer. Esta mañana he mandado a los hombres
esparcir hierbas y pequeñas ramas sobre el fango, alrededor de
las tiendas y también en los senderos que las comunican, a fin
de hacer más confortable el sitio. Les viene bien no estar ociosos
todo el día ya que, salvo los que se ocupan de los menesteres
de la caza y la comida, el resto entretienen su tiempo en juegos y alegres
cánticos. Si en algo hemos salido ganando, aunque sólo
sea por el momento, ha sido en decirles adiós a las feroces y
ruidosas moscas, de las que tengo identificado el tábano africano,
estando seguro que una de las otras dos, es la terrible tsetsé.
Hoy un mercader árabe, de regreso a Zanzíbar, me ha hablado
sobre un hombre blanco que está enfermo en una cercana aldea
llamada Oujiji. Sólo puede ser el doctor Livingstone. Jacobo
se pondrá muy contento cuando lo sepa. Yo por mi parte, estoy
empeñado en subir hasta la cima de la colina que domina nuestro
emplazamiento. Es alta y no hay sendero por lo que, calculo, habré
de emplear toda la jornada entre subir y bajar abriéndome paso
entre la maleza. Aún así, creo tener tiempo suficiente
antes que la partida regrese.
Mañana lo haré en compañía de dos hombres
a los que les he prometido unas varas del mejor paño escocés,
a cambio de acompañarme y ayudarme a batir la frondosa vegetación
montañosa. Espero poder divisar desde la cima aquellas altivas
masas glaciares y tomar certeza de su existencia, pues sigo obsesionado
por la visión de aquellas cumbres que me parecieron coronadas
por la nieve y el hielo. Tan majestuoso espectáculo tuvo lugar
a pocas jornadas de aquí, después del habitual calabobos,
cuando al despejar las nubes bajas que nos envolvían, mostraron
en la tarde limpia y fría el esplendor de un altivo macizo, que,
a mi parecer, en nada envidiaba a sus homólogos alpinos europeos.
Mi compañero no estuvo de acuerdo y aseveró que se trataba
de otras masas de nubes que la lejanía y la luz del atardecer
hicieron parecer lo que en realidad no podía ser.

Le argumenté que bien podíamos haber divisado aquellas
montañas de la Luna, que el matemático y geógrafo
griego Ptolomeo, en el segundo siglo después de Jesucristo, había
señalado como lugar de las fuentes del río Nilo, allí
donde se decía que nacían los grandes ríos africanos.
Si era cierto que desembocaban en dos lagos situados al Este y al Oeste,
y si el Victoria cubría una extensión considerable, éste
y el Albert podrían ser aquellos lagos.
__ ¡Pero Manolo! Ya han pasado catorce siglos desde aquello y
nadie las ha visto __ me contestó Jacobo riendo mi ocurrencia.
__ Que nadie las haya visto no quiere decir que no existan, __ argumenté
__ advierte que también entonces habían pasado más
de seis siglos desde que Herodoto hablara de ellas, 449 años
antes de la era cristiana y Ptolomeo no dudó de su existencia,
y aunque tampoco pudiera probarlo, nunca desautorizó las informaciones
de aquellos sacerdotes egipcios, que fueron los primeros en dar cuenta
de ellas.
De haber persuadido a mi amigo, hubiéramos acampado allí
mismo, para esperar que las algodonosas nubes despejaran el cielo y
nuestras dudas, pero no pude convencerle.
Mañana, he dispuesto que partamos con el alba, muy ligeros de
impedimenta, a fin de regresar en el mismo día según lo
planeado. Tan sólo llevaremos algo de mandioca para los hombres,
un buen trozo de antílope que hoy ha cazado Bombay en un claro
del bosque y mis dos carabinas, pues uno de los guías afirma
haber visto, al caer la tarde, un leopardo merodeando y aunque preveo
que nuestra ruta, al ser encrespada por una larga loma, no ha se ser
territorio propicio para el fiero animal, no he de olvidar que nos adentraremos
en lugar por donde nadie antes puso sus plantas y bien pudieran existir
alimañas desconocidas para el hombre. Hoy, en precaución,
he mandado doblar la guardia y aunque espero que el leopardo no siga
acechando nuestro campamento, sólo Dios sabe que instintos guían
a estos temibles felinos.
He mandado llamar a Bombay a mi tienda antes de acostarme y le he dado
las instrucciones para mantener el campamento durante mi ausencia y
una nota que entregará al bwana Stanley, si éste llegase
antes de mi regreso. Sólo yo llamo a Jacobo Rowland por su nombre
de pila, pues él prefiere usar el de su padre adoptivo ante los
demás.
El sueño me vence. Ardo en deseos de ver aquellas magníficas
montañas.
*
Antes de lo acostumbrado,
abrí aquella mañana los ojos con sobresalto. En mi memoria
permanecían todos los detalles del día anterior __ ¡Qué
digo, del día anterior! ¡Del extraño sueño
sufrido!
Con impaciencia me he puesto en marcha remontando la inclinada pendiente
de la cercana montaña. El Masumaweso dicen que es un excelente
mirador sobre el gran plató del glaciar Stanley. Voy confuso.
__ ¿Cómo puede llamarse glaciar Stanley, si todavía
no ha sido descubierto? __ evidentemente sigo aletargado.
Renzao, el guía, sigue mis pasos portando la vieja carabina y Capenet
sube el primero con la fuerza que su juventud le otorga. La pendiente
crece cuando aparece la roca, mojada y oscura, recubierta de resbaladizos
líquenes. La ausencia del sol, que todavía no ha rebasado
el horizonte cimero, crea en mi mente soñolienta infundios de peligro
en los últimos metros.
__ Bwana, barafu. Capenet había llegado el primero y llamó
mi atención gritando.
__ ¿Nieve?
Cerré los ojos, atacados por el destello del astro, al rebasar
la línea de la cumbre y al abrirlos no pude dar crédito
a la fantástica visión. Un ambiente frío y seco,
pero carente de viento alguno, parecía suspender en el espacio
y en el tiempo, al magnífico macizo montañoso.

Las quietas aguas del
Lago gris reflejaban el verdinal sobre las paredes de granito, donde todavía
gigantescas lobelias y senecios desafiaban al reino vegetal, más
allá de los cuatro mil metros. Desde las inhiestas cumbres cuelgan,
como desbordados y estáticos ríos de hielo, sus perennes
glaciares, ofreciendo un cuadro fantástico.
Increíble pero cierto “las Montañas de la Luna”,
que proclamara el pueblo egipcio antes de nuestra era cristiana, o “El
que hace la lluvia” en la ancestral memoria de los pigmeos Batwa,
asentados en sus faldas, iba a ser descubierto por el americano que inmortalizase
aquella absurda frase de: “el doctor Livingtone, supongo”
cuando no había otro hombre blanco en toda centro África,
¡que ya hay que ser simple! __ sigo aturdido.
__ ¡Maldita y falsa la historia! que sirve siempre a quien la escribe.
¡Hombre blanco de negro corazón!
El mundo dijo que había sido Henry Morton Stanley, pero Stanley
no era Stanley, era Jacobo Rowland. Tampoco Jacobo está aquí
conmigo. Nunca ni él, ni su otro yo, estuvieron aquí, junto
a Renzao y Capenet, ni tampoco yo, que despierto del sueño iluso
de hombre blanco, y miro incrédulo a estas montañas del
Ruwenzori, las mismas que Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, conquistara
para la corona de Italia, sin ser, de nacimiento italiano, sino español
y madrileño para más señas.
__ ¿Pero quién escribe la historia?
*
Amenaza la cotidiana lluvia
cuando desciendo del Masumawezo. Voy contento, pues he sido el primero
de mi grupo en divisar las increíbles montañas. Absurdo
título por el que el hombre blanco pugna siendo históricamente
tan falso como el atributo del que presumiré ante mis compañeros
cuando les cuente mi visión de hoy.
Renzao y Capenet, van delante. También bajan muy contentos pero
su alegría es más cierta que la mía, pues con los
cien zaires prometidos, a cambio de acompañarme en mi excursión,
podrán comprarse zapatos nuevos que sustituyan las destrozadas
botas de agua que, desde hace tiempo, atormentan sus pies.
Ninguno de ellos presumirá de haber sido el primero. Su piel es
negra y su corazón sincero. |