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Cuentos y relatos
Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell

 

“Masumawezo”

 

Jacobo hace dos días que partió con Selim, su criado de confianza. Han ido en busca de unas piezas de buen paño y una caja de cuentas de vidrio, muy apreciadas en esta región, objetos que hemos echado en falta al hacer el recuento y que sospechamos fueron hurtados de las canoas al cruzar el Semliki. Les acompaña Ambari, el que fuera hombre de confianza de Speke, pues conoce bien la zona. Hice ver a Jacobo que no eran los más adecuados para recuperar lo robado, si finalmente se confirmaban nuestras sospechas y encontraba oposición, pero al final tuve que darle la razón, pues no era cuestión de enzarzarse en peligrosas peleas y crearnos enemigos en la zona. La diplomacia era, a priori, la mejor opción, no obstante se hicieron acompañar por varios hombres de los más robustos de la caravana, entre quienes se encuentra Asmani, cuya altura supera los seis pies y sus hombros ofrecen doble ancho que dos hombres ordinarios. Partieron bien armados y pertrechados, lo cual, amedrentará a los ladrones, llegado el momento.
Bombay, a quien al inicio de este viaje habíamos nombrado capitán, se ha quedado conmigo al cuidado del campamento, instalado en lugar poco acertado a juzgar por el barro acumulado tras la última y torrencial masika de ayer. Esta mañana he mandado a los hombres esparcir hierbas y pequeñas ramas sobre el fango, alrededor de las tiendas y también en los senderos que las comunican, a fin de hacer más confortable el sitio. Les viene bien no estar ociosos todo el día ya que, salvo los que se ocupan de los menesteres de la caza y la comida, el resto entretienen su tiempo en juegos y alegres cánticos. Si en algo hemos salido ganando, aunque sólo sea por el momento, ha sido en decirles adiós a las feroces y ruidosas moscas, de las que tengo identificado el tábano africano, estando seguro que una de las otras dos, es la terrible tsetsé.
Hoy un mercader árabe, de regreso a Zanzíbar, me ha hablado sobre un hombre blanco que está enfermo en una cercana aldea llamada Oujiji. Sólo puede ser el doctor Livingstone. Jacobo se pondrá muy contento cuando lo sepa. Yo por mi parte, estoy empeñado en subir hasta la cima de la colina que domina nuestro emplazamiento. Es alta y no hay sendero por lo que, calculo, habré de emplear toda la jornada entre subir y bajar abriéndome paso entre la maleza. Aún así, creo tener tiempo suficiente antes que la partida regrese.
Mañana lo haré en compañía de dos hombres a los que les he prometido unas varas del mejor paño escocés, a cambio de acompañarme y ayudarme a batir la frondosa vegetación montañosa. Espero poder divisar desde la cima aquellas altivas masas glaciares y tomar certeza de su existencia, pues sigo obsesionado por la visión de aquellas cumbres que me parecieron coronadas por la nieve y el hielo. Tan majestuoso espectáculo tuvo lugar a pocas jornadas de aquí, después del habitual calabobos, cuando al despejar las nubes bajas que nos envolvían, mostraron en la tarde limpia y fría el esplendor de un altivo macizo, que, a mi parecer, en nada envidiaba a sus homólogos alpinos europeos. Mi compañero no estuvo de acuerdo y aseveró que se trataba de otras masas de nubes que la lejanía y la luz del atardecer hicieron parecer lo que en realidad no podía ser.


Le argumenté que bien podíamos haber divisado aquellas montañas de la Luna, que el matemático y geógrafo griego Ptolomeo, en el segundo siglo después de Jesucristo, había señalado como lugar de las fuentes del río Nilo, allí donde se decía que nacían los grandes ríos africanos. Si era cierto que desembocaban en dos lagos situados al Este y al Oeste, y si el Victoria cubría una extensión considerable, éste y el Albert podrían ser aquellos lagos.
__ ¡Pero Manolo! Ya han pasado catorce siglos desde aquello y nadie las ha visto __ me contestó Jacobo riendo mi ocurrencia.
__ Que nadie las haya visto no quiere decir que no existan, __ argumenté __ advierte que también entonces habían pasado más de seis siglos desde que Herodoto hablara de ellas, 449 años antes de la era cristiana y Ptolomeo no dudó de su existencia, y aunque tampoco pudiera probarlo, nunca desautorizó las informaciones de aquellos sacerdotes egipcios, que fueron los primeros en dar cuenta de ellas.
De haber persuadido a mi amigo, hubiéramos acampado allí mismo, para esperar que las algodonosas nubes despejaran el cielo y nuestras dudas, pero no pude convencerle.
Mañana, he dispuesto que partamos con el alba, muy ligeros de impedimenta, a fin de regresar en el mismo día según lo planeado. Tan sólo llevaremos algo de mandioca para los hombres, un buen trozo de antílope que hoy ha cazado Bombay en un claro del bosque y mis dos carabinas, pues uno de los guías afirma haber visto, al caer la tarde, un leopardo merodeando y aunque preveo que nuestra ruta, al ser encrespada por una larga loma, no ha se ser territorio propicio para el fiero animal, no he de olvidar que nos adentraremos en lugar por donde nadie antes puso sus plantas y bien pudieran existir alimañas desconocidas para el hombre. Hoy, en precaución, he mandado doblar la guardia y aunque espero que el leopardo no siga acechando nuestro campamento, sólo Dios sabe que instintos guían a estos temibles felinos.
He mandado llamar a Bombay a mi tienda antes de acostarme y le he dado las instrucciones para mantener el campamento durante mi ausencia y una nota que entregará al bwana Stanley, si éste llegase antes de mi regreso. Sólo yo llamo a Jacobo Rowland por su nombre de pila, pues él prefiere usar el de su padre adoptivo ante los demás.
El sueño me vence. Ardo en deseos de ver aquellas magníficas montañas.

*

Antes de lo acostumbrado, abrí aquella mañana los ojos con sobresalto. En mi memoria permanecían todos los detalles del día anterior __ ¡Qué digo, del día anterior! ¡Del extraño sueño sufrido!
Con impaciencia me he puesto en marcha remontando la inclinada pendiente de la cercana montaña. El Masumaweso dicen que es un excelente mirador sobre el gran plató del glaciar Stanley. Voy confuso.
__ ¿Cómo puede llamarse glaciar Stanley, si todavía no ha sido descubierto? __ evidentemente sigo aletargado.
Renzao, el guía, sigue mis pasos portando la vieja carabina y Capenet sube el primero con la fuerza que su juventud le otorga. La pendiente crece cuando aparece la roca, mojada y oscura, recubierta de resbaladizos líquenes. La ausencia del sol, que todavía no ha rebasado el horizonte cimero, crea en mi mente soñolienta infundios de peligro en los últimos metros.
__ Bwana, barafu. Capenet había llegado el primero y llamó mi atención gritando.
__ ¿Nieve?
Cerré los ojos, atacados por el destello del astro, al rebasar la línea de la cumbre y al abrirlos no pude dar crédito a la fantástica visión. Un ambiente frío y seco, pero carente de viento alguno, parecía suspender en el espacio y en el tiempo, al magnífico macizo montañoso.

Las quietas aguas del Lago gris reflejaban el verdinal sobre las paredes de granito, donde todavía gigantescas lobelias y senecios desafiaban al reino vegetal, más allá de los cuatro mil metros. Desde las inhiestas cumbres cuelgan, como desbordados y estáticos ríos de hielo, sus perennes glaciares, ofreciendo un cuadro fantástico.
Increíble pero cierto “las Montañas de la Luna”, que proclamara el pueblo egipcio antes de nuestra era cristiana, o “El que hace la lluvia” en la ancestral memoria de los pigmeos Batwa, asentados en sus faldas, iba a ser descubierto por el americano que inmortalizase aquella absurda frase de: “el doctor Livingtone, supongo” cuando no había otro hombre blanco en toda centro África, ¡que ya hay que ser simple! __ sigo aturdido.
__ ¡Maldita y falsa la historia! que sirve siempre a quien la escribe. ¡Hombre blanco de negro corazón!
El mundo dijo que había sido Henry Morton Stanley, pero Stanley no era Stanley, era Jacobo Rowland. Tampoco Jacobo está aquí conmigo. Nunca ni él, ni su otro yo, estuvieron aquí, junto a Renzao y Capenet, ni tampoco yo, que despierto del sueño iluso de hombre blanco, y miro incrédulo a estas montañas del Ruwenzori, las mismas que Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, conquistara para la corona de Italia, sin ser, de nacimiento italiano, sino español y madrileño para más señas.
__ ¿Pero quién escribe la historia?

*

Amenaza la cotidiana lluvia cuando desciendo del Masumawezo. Voy contento, pues he sido el primero de mi grupo en divisar las increíbles montañas. Absurdo título por el que el hombre blanco pugna siendo históricamente tan falso como el atributo del que presumiré ante mis compañeros cuando les cuente mi visión de hoy.
Renzao y Capenet, van delante. También bajan muy contentos pero su alegría es más cierta que la mía, pues con los cien zaires prometidos, a cambio de acompañarme en mi excursión, podrán comprarse zapatos nuevos que sustituyan las destrozadas botas de agua que, desde hace tiempo, atormentan sus pies.
Ninguno de ellos presumirá de haber sido el primero. Su piel es negra y su corazón sincero.


FIN

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