Amanece.
Mis músculos entumecidos tras la quietud del sueño, se
encuentran torpes y pesados. No me decido a salir de mi confortable
caparazón de tela y fibra y opto por permanecer en él
saboreando su agradable temperatura en contraste con el crudo helor
de la mañana.
___ ¡Hoy no pienso escalar! ___ me digo. Me encuentro en uno de
esos días en los que el espíritu quiere paz y descanso,
sin las alteraciones y sufrimientos que, en ocasiones, proporciona la
escalada. Extasiarme admirando y recorriendo, sólo con la vista,
las montañas, es en estos momentos mi único anhelo.
A lo lejos; allá donde las siluetas se confunden, una claridad
inmensa anuncia la llegada del milagro de un nuevo día. Muy pronto
los desdibujados perfiles van tomando forma y aparecen ante mis ojos,
como algo mío, ¡mis montañas!
Esas elevaciones del terreno que hace tiempo me dejaron escuchar su
llamada. Fue como un reto a mi hombría; como despertar de la
infancia y hacerme hombre al llegar a sus cumbres. Me sentí crecido
desde aquel instante; me sentí “Montañero”.
Comencé desde entonces a actuar como un montañero, a vivir
como un montañero.
En sus valles eduqué mis principios fijando mis metas. En sus
duras pendientes forjé mi tesón y en sus cumbres busqué
mi espíritu.
Luego, a medida que mi afán de superación crecía,
busqué otras montañas más altas, más difíciles,
más lejanas…
Mis metas habían dejado de cifrarse en aquellas montañas
que fueron mi escuela y siempre que pude, salí en pos de otras
cimas. Pero los regresos fueron siempre los mismos y siguen siendo iguales,
notando como el pecho se ensancha satisfecho cuando, a lo lejos, por
fin diviso cualquiera de mis montañas.
A veces pienso si se habrá perdido en mí algo del “Yo
montañero”; si sólo me alienta la codicia de subir
más y más cada día… tres… cuatro…
cinco… seis mil metros… que el calor de la misma montaña.
___ ¡No, eso no! ¡Basta!.
Salto de mi caliente saco como catapultado y miro a mi alrededor. La
paz vuelve a mí nuevamente. Me doy cuenta de que sigue existiendo
en mi interior este amor a mis montañas.
Cierro mi mochila y emprendo la marcha. La cumbre me espera; allí
volveré a encontrar mi “yo montañero”. No
sé donde, ni hacia qué latitud, pero sé que está
allí y me espera.
Pienso que ésta misma ascensión la hice ya docenas de
veces, pero voy contento, sé que siempre, cada ascensión
es diferente.
Vivaque en el Maigmo. Invierno de 1973