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Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell

El “Yo montañero”

Publicado en el Boletín G.E.C.E. Año I, núm. 1, Marzo 1973



Amanece.
Mis músculos entumecidos tras la quietud del sueño, se encuentran torpes y pesados. No me decido a salir de mi confortable caparazón de tela y fibra y opto por permanecer en él saboreando su agradable temperatura en contraste con el crudo helor de la mañana.
___ ¡Hoy no pienso escalar! ___ me digo. Me encuentro en uno de esos días en los que el espíritu quiere paz y descanso, sin las alteraciones y sufrimientos que, en ocasiones, proporciona la escalada. Extasiarme admirando y recorriendo, sólo con la vista, las montañas, es en estos momentos mi único anhelo.
A lo lejos; allá donde las siluetas se confunden, una claridad inmensa anuncia la llegada del milagro de un nuevo día. Muy pronto los desdibujados perfiles van tomando forma y aparecen ante mis ojos, como algo mío, ¡mis montañas!
Esas elevaciones del terreno que hace tiempo me dejaron escuchar su llamada. Fue como un reto a mi hombría; como despertar de la infancia y hacerme hombre al llegar a sus cumbres. Me sentí crecido desde aquel instante; me sentí “Montañero”. Comencé desde entonces a actuar como un montañero, a vivir como un montañero.
En sus valles eduqué mis principios fijando mis metas. En sus duras pendientes forjé mi tesón y en sus cumbres busqué mi espíritu.
Luego, a medida que mi afán de superación crecía, busqué otras montañas más altas, más difíciles, más lejanas…
Mis metas habían dejado de cifrarse en aquellas montañas que fueron mi escuela y siempre que pude, salí en pos de otras cimas. Pero los regresos fueron siempre los mismos y siguen siendo iguales, notando como el pecho se ensancha satisfecho cuando, a lo lejos, por fin diviso cualquiera de mis montañas.
A veces pienso si se habrá perdido en mí algo del “Yo montañero”; si sólo me alienta la codicia de subir más y más cada día… tres… cuatro… cinco… seis mil metros… que el calor de la misma montaña.
___ ¡No, eso no! ¡Basta!.
Salto de mi caliente saco como catapultado y miro a mi alrededor. La paz vuelve a mí nuevamente. Me doy cuenta de que sigue existiendo en mi interior este amor a mis montañas.
Cierro mi mochila y emprendo la marcha. La cumbre me espera; allí volveré a encontrar mi “yo montañero”. No sé donde, ni hacia qué latitud, pero sé que está allí y me espera.
Pienso que ésta misma ascensión la hice ya docenas de veces, pero voy contento, sé que siempre, cada ascensión es diferente.


Vivaque en el Maigmo. Invierno de 1973

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