| Por: Juan Manuel
Maestre Carbonell. Publicado en la Revista Alborada Nº 52 |
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Escudo de Ruwenzori-90 |
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"Más allá de las nubes" |
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Viaje a las Montañas de la Luna |
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Después de diez días
llegamos a la aldea de Mutwanga, al pie de la ladera norte del Ruwenzori, en
la vertiente del Congo. El recorrido por la región de los Virunga (ver
Alborada nº 51-2007) nos había
inflamado de un buen espíritu, a causa de tanta belleza. Nuestro
objetivo era realizar un reportaje en video de aquellas montañas
que eran poco conocidas, encerradas en el misterio más allá de
las nubes.
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Las nieves eternas del Ruwenzori. Las Montañas
de la Luna |
Historia |
Los primeros conocimientos
de estas enigmáticas montañas,
se tienen en el siglo V antes de Cristo, del egipcio Aeschylus; siendo
luego el famoso geógrafo, matemático y astrónomo
Claudio Tolomeo, hacia el año 140 de nuestra era, quien
volvió a hablar de las Montañas de la Luna, situando en
ellas las fuentes del río Nilo.
Aún tuvieron que pasar casi dos mil años para que el primer
europeo la viera. Stanley las divisó el 24 de mayo de 1888 desde
el lago Albert, 120 kilómetros al norte. Los indígenas
las llamaban “El que hace la lluvia” “Ruwenzori”,
tales son, las peculiares condiciones atmosféricas que rodean a
la montaña y la ocultan la mayor parte del año, considerándose
la región una de las más húmedas del globo, llegando
a llover una media de 350 días al año.
Entre 1889 y 1905, diez expediciones intentaron sin éxito coronar
su cima. Lo lograría en 1906 la expedición de Luis Amadeo
de Saboya, Duque de los Abruzzos, nacido en Madrid en 1873, siendo el tercer
hijo de Amadeo de Saboya-Aosta, rey de España que abdicó pocos
días después de venir al mundo el infante Luis.
Al mando de 400 hombres, partió desde la vertiente de Uganda y coronó todas
las cimas del macizo, cuya altura supera los cinco mil metros, para gloria
de la corona italiana.
Las ascensiones por la vertiente del Congo son poco frecuentes dada la
superior dificultad y los problemas para transitar por el país.
La primera ascensión tuvo lugar en 1932 a cargo de la expedición
del Conde X de Grunne, junto al guía J. Georges y en 1984 mis compañeros
del Club Alpino Eldense, lograrían coronar por esta misma ruta las
cumbres más altas del macizo: Picos Margarita, Albert y Alejandra,
los tres colosos del macizo que cuenta con diez cimas por encima de los
4800 metros, siendo el Margarita su mayor altura con sus 5109 metros. Fueron
los eldenses una de las primeras expediciones españolas que coronaron
esta peculiar montaña por la vertiente congoleña (posiblemente
la primera) que, como ya dije, entraña mayores dificultades técnicas
y sobre todo de seguridad.
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Mutwanga |
El poblado a los pies del Ruwenzori era
en 1990 una calle-camino, una iglesia-misión, un hotel africano (con todo lo que la palabra
sugiere) y el mundo aparte de Casa de Patric. Allí fuimos a parar.
Patric y sus tres mujeres, regentaban un pequeño hotelito de cinco
o seis habitaciones y varias cabañas independientes, austeras pero
suficientemente confortables, en medio de prados verdes rodeados de plataneras
y cafetales. De raza blanca, ancha anatomía, y recio bigote, su
doble nacionalidad congoleño-belga le permitía tener una
fantástica hacienda, incluido vacuno de Suiza. Él se ocuparía
de contratar los 21 porteadores necesarios que trasladarían nuestro
voluminoso equipo, alimentación y material de filmación,
durante cuatro días, por las selvas que rodean y ocultan la fantástica
montaña.
Si peculiar era el personaje, había que
conocer a su padre, a quien cortaron un brazo los insurgentes del Mau-Mau en
tiempos de la independencia del país, obligándole luego
a comérselo __
la noche que me lo contó, con todo lujo de detalles, me dio
la cena, el tío__ Aparte de esto, de la aldea, conservo
en mi memoria la infinidad de matices de verde que África atesora,
la alegría de los niños, el ajetreo agrícola del
constante ir y venir, siempre a pie, de sus gentes, y unas arañas
como puños,
cuyas peludas patas daban “repelús” siendo lo de menos
si tenían o no veneno.
Arroyos de frías aguas bajaban entre la foresta desde las alturas,
donde vivían los últimos gorilas de montaña, y por
las mañanas, el golpear seco, rítmico y sonoro de las estacas
de madera moliendo mandioca en robustos cuencos de madera, marcaban el
pausado ritmo a la vida africana.
Entonces, nada hacía presagiar que aquel bello
lugar habría de ser
escenario, pocos años después, de crueles y violentos episodios;
perpetrándose violaciones múltiples de mujeres y asesinatos
indiscriminados entre hutus y tutsis, hasta convertirse
en zona de alto riesgo a causa de la cercana frontera.
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Kiandolire |
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El cámara Antonio Muñoz
en Kiandolire. La Puerta de la Selva |
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Es la puerta de la selva. Nunca
mejor expresada la abertura existente junto al refugio de los Rangers
del Virunga Nacional Park; un
túnel de entrada formado por árboles y plantas nos traslada
desde el campo abierto de verdes prados y tierras de cultivo, a una selva
exuberante, bucólica y bella, como nunca había visto otra.
La marcha
de aproximación remonta la margen derecha del Butawu river, que
baja arropado por la foresta desde el lago Kitandara a 4027
metros de altitud. La selva es magnífica y oscura a causa del manto vegetal y
nos oculta por completo el sol. Sólo de cuando en cuando, logra
iluminar el surco embarrado de la senda, que asciende con suavidad por
laderas montañosas.
Las plantas son aquí descomunales. Sabíamos que transitamos
a poca distancia del río, pero no lograríamos verlo nunca.
Todos nuestros porteadores salieron disparados para acabar pronto su
jornada y nuestro grupo se dividió. El equipo de filmación
lo componíamos
cinco personas. La tarea, que ilusiona al principio de cada mañana,
se convierte al atardecer en la repetición de cansinas maniobras.
Cada emplazamiento de cámara intentamos que nos ofrezca un mínimo
de tres encuadres distintos. Llueve casi todo el tiempo y la humedad
nos empapa por completo. Nos había costado muchas gestiones, conseguir
del Instituto Pasteur de Francia, la vacuna contra la Mamba Negra,
una serpiente muy venenosa a la que popularmente llaman “la
de los tres pasos” que,
según cuentan, es lo que tarda en morir el infortunado que se
tropiece con ella, pero, ya en el primer día, no tenemos ni idea
de donde estará el
porteador que lleva nuestro botiquín, ni tampoco los dos rangers armados
que nos acompañan, lo cual demuestra lo absurdo que resulta querer
controlar la aventura. Alcanzamos el refugio Kalonge situado
a 2.410 metros de altitud, en plena oscuridad, sucios y calados hasta
los huesos, después
de haber empleado todo el día para superar 1.100 metros de desnivel
y una buena cantidad de metros de película. La selva de noche
acojona.
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Mahangu |
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Filmando entre la niebla |
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Es el segundo refugio en la marcha de aproximación
y nuestro objetivo para hoy. Otros 1.193 metros de desnivel nos separan
de la cota 3.333, donde se encuentra, en lo alto de un cordal montañoso,
la cabaña de madera que será nuestro descanso tras
el particular vía crucis en este día.
El
primer tramo de la marcha transcurre sobre un terreno plano y es placentero
el caminar, pero se acaba pronto. Los monos aúllan y cruzan
como sombras por los árboles más altos sobre nuestras
cabezas. Si es difícil verlos, filmarlos es una odisea. Para
postre, a Antonio nuestro operador de cámara le han mordido
unas hormigas en la rivera del Kan Yamwamba, el riachuelo
de montaña que cruzamos al poco de salir. Al otro lado,
el sendero se encarama sobre un terreno de raíces y vegetación
muerta que nos impide salirnos del embarrado camino y hemos de buscar
encuadres especiales en los más insólitos lugares.
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No es que sintamos la humedad:
¡Estamos
dentro de ella! |
La cresta transcurre entre el Kan Yamwamba y
el Kamusoso pero tampoco veremos a ninguno de los ríos,
ni siquiera cuando la vegetación comienza a clarear, pues la
niebla y la lluvia cierran cualquier horizonte y caminamos en una campana
silente, donde sólo escuchamos nuestra respiración y
los propios pasos. Las manos se reblandecen de tanto asirse a raíces
por la endiablada cuesta. Más que caminar, trepamos como
primates de rama en rama, o eso me parece. Entre dos luces llegamos
al Mahangu para
descubrir que no es fácil filmar. La altitud mata la combustión
de la gasolina que necesitamos para seguir cargando baterías,
y sin ellas no hay reportaje. Desmontamos y limpiamos el motor entero,
lo repasamos y lo probamos hasta la saciedad. Simplemente no arranca
a causa de la pureza del aire en la altitud y si eso nos ocurre a sólo,
poco más de tres mil metros. Estaremos acabados a los 4.495
de nuestra base de operaciones. Miguel Español vuelve a sacarnos
del problema aumentando el octanaje con el alcohol de nuestro botiquín. ¡Eureka!
Podremos seguir. ¡Prohibido hacerse ni un arañazo!, ¡El
alcohol es sólo para la gasolina!
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Kiondo |
En la tercera jornada,
alcanzaremos los 4.303 metros de altitud del refugio Kiondo. Estamos
contentos y las baterías recargadas,
secas y a buen recaudo. No es que sintamos la humedad: ¡Estamos
dentro de ella! Llueve durante todo el día y la niebla no nos
dejará nunca. Las rampas son continuas, pero la selva se transforma
y la vegetación clarea y cambia. Desaparecen árboles, pero
sobreviven arbustos y plantas de gran porte. Entramos finalmente en los
pastos herbosos salpicados de ejemplares arbustivos que se niegan a desaparecer.
El refugio está situado bajo los resaltes del Wasuwameso,
la montaña que nos oculta el Ruwenzori al que todavía
no hemos logrado ver. La vimos sólo un momento hace días
al atardecer, como la viera Stanley, fugazmente y en la lejanía;
confundida entre las nubes que la rodean en un micro clima extraordinario.
Nunca antes había tenido ocasión de contemplar, tan claramente,
el proceso de la lluvia, como pude hacerlo aquí.
José Sanchís
atravesando el antediluviano bosque junto al lago Verde

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Al amanece,
el cielo está despejado. Por lo general, si hay
nubes, éstas se encuentran por debajo de nuestro emplazamiento,
así que, los rayos del sol inciden sobre el manto vegetal
que permanece todavía empapado del día y la noche anterior.
Largas madejas de líquenes, cuelgan de las ramas y brillan plenas
de partículas de vapor de agua. En el suelo, grandes masas de
esponjoso musgo no puede contener más agua.
Es entonces
cuando el calor del sol eleva cientos de hilos de vapor que suben en
ondulantes jirones por doquier, reuniéndose en espesas y blancas
nubes que al no poder atravesar la alta montaña, quedan retenidas
en sus laderas. Poco después del medio día, las capas altas
se enfrían sobre
los glaciares y comienza a nevar en las alturas y a llover sobre la selva
húmeda,
y ahora también caliente, que la lluvia volverá a enfriar.
Las nubes descargan o se marchan besando los flancos de las montañas
y con algo de suerte vuelve a quedar un cielo despejado y limpio. Hace
frío
y al día siguiente el ciclo vuelve a comenzar.

El Lago Verde en medio de un mundo irreal |
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La Moraine |
Es, más
que un refugio, una caja de madera sujetada con cables y expuesta al
viento, en el amplio collado entre los picos Alejandra y Margarita de
un lado, y el Wasuwameso en el otro. La altitud del lugar es
de 4.495 metros, pero el desnivel desde el Kiondo es engañoso.
Los 192 metros no reflejan las continuas subidas y bajadas, rodeando
la montaña que nos cierra el paso y nos oculta las nieves eternas
del Ruwenzori. El flanqueo de las pendientes de roca, recubiertas
de musgo, es incómodo y tiene un paso peligroso que aseguramos
con las cuerdas para facilitar el cruce a los porteadores que van totalmente
descalzos. Durante la travesía, vemos primero el lago Negro,
oscuro como su propio nombre, luego el pequeño lago Catherine y
finalmente, la encajonada cubeta del lago Verde a los pies de
los glaciares bajo la cima del pico Savoia y el Plató Stanley.

Una pequeña charca bajo el collado donde
se encuentra el refugio La Moraine, al fondo de la imagen
El
lugar es sencillamente indescriptible. Lobelias y Senecios,
pequeñas plantas que en Europa se cultivan en macetas, son aquí de
proporciones gigantescas, llegando a alcanzar los cinco o seis metros
de altura, para configurar bosques antediluvianos, espesos y oscuros.
Caminamos sobre amontonamientos de carcasa vegetal superpuesta. Troncos
y troncos, podridos y muertos, yacen unos encima de los otros. Por
todas partes el granito, está salpicado de verdor, tintando
el lago y el ambiente y puedo jurar, que de haber salido cualquier
especie de saurio, ninguno de nosotros se hubiera extrañado,
ni extasiado en mayor medida.
Aquel valle milenario y escondido, se veía rematado por barreras
y lenguas de hielo que caían desde las alturas, para mejor fantasear
aquél imposible lugar, en mitad de la línea del ecuador.
El silencio se hace dueño del eco y la fantasía vuela mientras
caminamos por aquél mundo perdido. El tiempo quedó allí sin
sentido y no sé cuanto tardamos en gastar hasta la última
batería disponible.

El increible espectáculo de Lobelias
y Senecios bajo las nieves eternas del Ruwenzori |
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El Plató Stanley |
Cargados con material ligero para la filmación, remontamos
la pared que defiende el glaciar. Escalamos la poderosa lengua helada
y dejamos equipada la ruta. El segundo día tras situarnos sobre
el hielo, lo remontamos hasta alcanzar el Plató Stanley,
amplio collado, que es a la vez frontera entre el Zaire (actual Congo),
y Uganda; pero lo que más impresión nos causó fue
saber que desde allí a 4.900 metros de altitud caían por
ambas vertientes las aguas del deshielo que recogen la red de pequeños
lagos de montaña hasta desembocar en múltiples tributarios
sobre los Grandes lagos que luego serán el origen del Nilo Blanco.

La poderosa lengua glaciar que había que superar para acceder al
glaciar y Plató Stanley
Desistimos de acceder a la cima (5.109), pues no quedaba tiempo para
ello, después de andar perdidos entre grietas imposibles que nos
cerraron el paso. Entre dos luces permanecimos un rato, queriendo captar
la magia que se desprende en aquel alto mirador de selvas y sabanas y
nos sentimos satisfechos. Frente a todos los pronósticos habíamos
logrado captar en imágenes aquel extraño lugar.
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Me
hubiera gustado, y mucho, haber podido coronar aquella tarde la cima
del Ruwenzori,
pero no fue así, aunque tampoco nos
importó demasiado, pues todos sus picos ya habían sido
coronados por el Club Alpino Eldense y desde el principio era para nosotros,
a título colectivo, un objetivo menor. Nuestra expedición
tenía
como misión grabar aquel fantástico lugar, y se
logró con creces. No era fácil ya que muy pocos equipos
lo habían logrado antes. Ninguno tan alto y ninguno español
hasta aquél día.
La expedición
realizó dos reportajes a lo largo de 30 días de grabación
en el Zaire. El titulado “Ruwenzori”, obtuvo
en 1.991 el premio al mejor reportaje español en el certamen internacional
Vila de Torelló, batiendo a otras producciones de televisión
con muchos medios y grandes presupuestos. Fue la primera vez que, pese
a no haber logrado la cima de la montaña, quedamos tremendamente
felices y muy satisfechos. Habíamos logrado filmar “Más
allá de las
nubes”.
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Fantástica tierra de gigantes |
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