Un día antes del definitivo
asalto, habíamos alcanzado el gran Plató y pudimos divisar
¡al fin! El objeto de nuestra búsqueda. Una gran “merenga”
de hielo volcada sobre los precipicios de la cara Norte constituían
el objetivo que evalué como peligroso, lo que me hizo desistir
de la ascensión final. Mi compañera no tenía la
preparación suficiente para acometer aquella escalada. El ambiente
era de una gran belleza alpina y los desniveles sobre la cara Norte
impresionantes. Nunca antes había tenido tan cerca una cima y
había tenido que volver sobre mis pasos. Con evidente frustración
regresamos. Fue lo más prudente, pues comenzaba a caer la tarde
y llegaríamos al campamento totalmente de noche.
Andaba yo dándole
vueltas a una proyectada ascensión en solitario, que pasaba por
convencer a mi pareja, no sin ardua discusión, cuando al llegar
a la morrena del glaciar donde nos aguardaba nuestro porteador, el tema
se zanjó afortunadamente para mí, cuando Luís pidió
acompañarme.
Dedicamos el día
siguiente a descansar y comer bien, y me llevé un buen susto
cuando aquella tarde comenzó a nevar. La suerte quiso que sólo
fueran unos copos de nieve que no habrían de impedir nuestra
salida al alba.
El recorrido lo habíamos
señalizado los días previos mediante “cairns”
(pequeños mojones de piedras), lo cual, nos permitió rapidez
y seguridad en las inclinadas y resbaladizas pendientes de fina tierra.
También el glaciar conservaba visibles las huellas y alcanzamos
el gran plató, divisando nuevamente el objeto de nuestro esfuerzo.
A primera vista parece una
formación glaciar, como si de una superposición de “seracs”,
(bloques de hielo) recubierta de un manto de nieve se tratase; incluso
sus proporciones confunden, y la peculiar distribución y forma
de las grietas y oquedades que defienden el último tramo, le
dan un aspecto sospechoso, nada tranquilizador. En aquel punto le indique
a Luís que podía esperarme allí, pero Luís
Mendoza, el albañil de la pequeña aldea andina de Shorata
me había manifestado su intención de cambiar la paleta
por el piolet y dedicarse al oficio de guía. “Usted
me enseña, compañero Manuel” me había
pedido varias veces, pero en aquel momento sólo dijo ¡Con
el compañero Manuel hasta arriba!

Luís Mendoza llegando a
la cima del Jilatanaca
Detrás el “Atoroma” y al fondo el altivo y lejano
Illimani
Atacamos directamente la
helada inclinación haciendo relevos para asegurar los tramos,
donde oscuras grietas amenazaban tragarnos, y cuando la pendiente perdió
inclinación, ambos nos cogimos mutuamente por el hombro y coronamos
la cima repitiéndonos el uno al otro y en la lengua del contrario,
nuestro nombre y condición. Así, él gritaba “compañero
Manuel” y yo le respondía “Jilata Luís”.
¡Que locura de escena, pero que bello momento! Un bancario español
y un albañil aymara, gritando al viento andino la universalidad
de la amistad montañera.

Luís Mendoza y el autor
en la cima del “Jilatanaca” 15 de agosto de 1.999
En la cumbre nos abrazamos
pletóricos de alegría y los dos lloramos por la emoción
del momento. La mía estaba clara, pero ¿Qué emocionó
a Luís? Le mire intentando ver sus ojos tras el oscuro cristal
de sus gafas, pero no tuve tiempo de preguntarle.__ ¡Esto
es muy divino y grande, compañero Manuel!__ Yo sólo
asentí con un gesto.
A lo lejos, el Illimani,
el más famoso de los picos andinos, se elevaba majestuoso por
encima de todas las cumbres de Quimsa Cruz, y más cercanos, otros
picos vírgenes, nos invitaban a su conquista, pero decidí
no tentar a la suerte y dar por bueno, estando cerca de cumplir mi medio
siglo de vida, aquel regalo que la “Mama Pacha”
me había dado, al permitirme alcanzar aquella cumbre perdida,
olvidada y presumiblemente virgen.
“Una cumbre
no pertenece a quien la encuentra, sino a quien la busca”

En La Paz, mis compañeros:
Maruja Perea, Luís Mendoza y Tomás
Laime celebrando el regreso y el cumpleaños de “mi chica”.
Decidimos llamarla “Qhuno
Kollu Jilatanaca” que en aymara significa “Nevado
Compañeros”, y fue para mí, silencioso
homenaje en la despedida, de todos aquellos que la montaña unió,
atándonos al recuerdo de una gran ascensión, como aquél
día, en la árida quebrada, allá, en un rincón
olvidado de los Andes bolivianos…
…en la que fue, mí última
expedición.
Juan M. Maestre