A
Evaristo Plá Medina le estalló su corazón
repleto de tanto amor, cuando todavía los ecos de la
llamada del pregón flotaban en la noche más esperada.
Por eso, cuando la luz del nuevo día inundó de
alegría el alma del pueblo, su presencia imprescindible
- siempre alegre por las calles del pueblo - su figura arrogante
se tornó en amarga sombra enlutada ante los ojos vidriosos
de todos aquellos amigos que sabían bien de sus luchas,
victorias y fracasos. Dedicó su vida a los suyos y a
su pueblo por encima de cualquier otra apetencia. Vanas apetencias,
comparadas con mejorar su familia y la sociedad que le rodeaba.
A
Evaristo le gustaba estar con las gentes del pueblo, su peculiar
melódica voz rezumaba confianza, amistad, afecto y logró
el aprecio de los que entonces éramos casi niños
cuando nos hacía reír y pasarlo bien actuando
como embajador en aquellas estrafalarias embajadas de la Chusma.
Trabajó mucho con los niños en sus años
jóvenes, instruyéndolos en su academia Virgen
del Remedio... en el Frente de juventudes entrenándolos
para el deporte... sacándolos a la montaña a través
del Centro excursionista que él fundara...También,
ya de mayores, introduciéndolos en el mundo de la literatura,
procurando que se esforzaran en escribir sobre el pueblo cuando
fue director de la revista Festa y la de Moros y Cristianos,
y sobre todo trabajó muy duro en la comparsa de Moros
viejos cuando ya adulto emprendió la tarea de directivo
marcando su estilo en la comparsa que fue gran parte de su vida,
luchando denodadamente en mantener su personalidad y grandeza
de siglos, pues no en vano los moros viejos fue la primera comparsa
de la fiesta, cuando la soldadesca se encargada de hacer la
"función"... la fiesta de Moros y Cristianos.
Evaristo siempre supo que su comparsa tenía
valores muy importantes e idiosincrasia - como a él le
gustaba definirla - que había que defender ante el carnaval
del todo vale que se atisbaba. Seguramente fue severo con su
comparsa y se le reprochó quizá demasiado, aunque
también se le reconocieron sus méritos nombrándolo
Presidente de Honor. Fue el valiente paladín que lucho
siempre por mantener los valores que desde el principio de la
fiesta de San Bonifacio, marcaron la fuerte personalidad de
nuestra fiesta y de los Moros Viejos que todos aplaudimos. Ese,
en mi opinión, fue su gran éxito, que también
remarcó en tareas de la Unión de Festejos trabajando
al unísono con hombres de valía de Luis Vera,
José Navarro e Hipólito Navarro, auténticos
patriarcas de la fiesta.
Su inesperada muerte fue un duro golpe del que
todavía no nos hemos repuesto y su entierro fue la mayor
manifestación de cariño y afecto hacia él
y su desconsolada familia. A este hombre que tanto dio a su
fiesta, el elenco directivo le privó de los reconocimientos
de justicia necesarios para gratificarle; allá ellos
y su conciencia. Murió un festero moro viejo, su Presidente
de Honor y su comparsa con multitud de coronas de flores alfombraron
las calles precediendo el féretro. Voluntariamente, la
banda de música Virgen del Remedio, como reconocimiento
a su amor a la fiesta, se brindó a acompañarle
mostrándole, y mostrándonos a todo el pueblo,
que un hombre de su grandeza no podía celebrar sin música
su última entrada.
En esos duros momentos había que estar
con él y los suyos e incluso. después de la misa
de difuntos en su adiós para siempre, en el último
adiós con el corazón roto, cuando la epopeya humana
ya ha culminado , cuando el cuerpo destrozado vuelve a la tierra
madre, voltear las campanas de júbilo, como así
se hizo, por aquél que tanto amó y luchó
por San Bonifacio y su fiesta, fundiendo el dolor con la alegría,
y el pésame a su familia con la felicitación por
haber tenido un hermano, un padre, un esposo de imborrable recuerdo,
porque es cierto que morir habemos, más si en ese momento
supremo su gente le llora y aplaude su vida, los salmos funerarios
se tornan mágicamente en cánticos de gloria.
Presiento que cuanto he comento va ha ser el
sentimiento de este pueblo de nuestros amores durante la explosión
de júbilo de nuestros Moros y Cristianos. Sé,
que cuando veamos algún moro viejo, veremos al amigo
Evaristo. Sé, que cuando pase su comparsa lo veremos
al final de ella pendiente de la capitanía. Sé
que el entrañable y dolorido Higinio - Cabo de toda la
comparsa - apenas podrá aguantar la emoción por
su permanente recuerdo. Y también sé, que cuando
pase su desconsolada filá, el aplauso emocionado de todo
el pueblo de Petrer, le brindará su afecto.
Sobre alfombra de lágrima
y flores desoladas,
Llevado a hombros de sus mejores fieles,
Sonó la música ante su cuerpo consumado,
Envuelto con la bandera verde que también fue sudario,
Mas, el tañido de la campana fúnebre,
Se tornó en el canto celestial que abrió las puertas
del Cielo,
Mientras un coro de ángeles, como sucediera con aquél
Gran Príncipe,
Elevaron su cuerpo hacia las puertas del Paraíso.
" ! Ah, si él hubiese
ocupado el trono,
Sin duda hubiera sido un excelente monarca! "
F. MÁÑEZ INIESTA -ABRIL 2001