A vista de pájaro, vi como
el pueblo se concentraba junto a su castillo precediendo a las bandas
de músicas. La multitud se iba comprimiendo, enlatando, fundiéndose
en un mismo cuerpo, en un mismo latido. Parecía que no cabían
más personas y aquel río humano que desembocaba en la
plaza no cesaba de arrojar festeros; pues había llegado la hora
del inicio de la fiesta y nadie podía faltar a la cita. Nadie,
ni tampoco el recuerdo de los ausentes que cada año afloran en
nuestras lágrimas emocionadas.
A vista de pájaro, la plaza formaba un gigantesco puzzle de colores
abigarrados que indicaba la presencia de las diez comparsas, esperando
vibrar de la emoción que emanaba de la música de un viejo
compositor y los versos de un genial letrista difunto.
En la plaza estaba el pueblo, tal como es en la dura pelea de cada día
de su existencia. Pero había llegado la hora de soñar
que perpetrábamos en el anhelado paraíso perdido. Había
llegado la hora de convivir en un mundo fraternal donde la belleza y
el placer -al menos por unos días- nos pondría la aureola
de la felicidad. Para ello, la villa se había cerrado y las calles
limpias de stress y de gases venenosos estaban engalanadas con luces
de colores y estandartes multicolores. Se había acondicionado
el más bello marco para albergar el mayor cúmulo de sentimientos
hermosos que el alma del pueblo es capaz de producir.
A vista de pájaro, vi y oí el estallido de la emoción,
el fervor de la alegría y las lágrimas de los que sabían
de verdad lo que significaba aquella alocada algarabía que se
iniciaba ante la presencia en el balcón del castillo del viejo
compositor, que recibía homenaje merecido del pueblo agradecido,
estrenando batuta y emociones insospechadas al dirigir aquel pasodoble
que tituló "Petrel" y estrenó en esta misma
plaza casi vacía en el año 1970. Ahora, la plaza es tribuna
de exaltación, y la música y la letra nos fusionan a todos
el paisaje que nos pertenece.
Ahora, nos fundimos con su espíritu y mañana cuando nuestra
ceniza vuelva a la tierra madre, volveremos a ser paisaje, a ser flor,
y árbol y montaña...porque somos ceniza de esta tierra
¡somos tierra de esta tierra! y ello, inevitablemente, nos lleva
a reconciliarnos amorosamente con nuestro entorno. Por eso, ahora, aquí,
simbólicamente, en este momento sublime en el que todos elevamos
nuestro corazón, en este acto eucarístico, se pone de
manifiesto que, esencialmente, somos una misma cosa, manifestando con
alegría que en esta fiesta de Moros y Cristianos tomamos la triste
historia como motivo para contradecirla; porque ahora, ya han cesado
nuestras luchas cruentas; porque ahora, los Moros y Cristianos salen
a la calle a proclamar la alegría de la vida y la coherencia
ante la violencia, abominando el tiempo de historia en que fuimos exacerbados
intolerantes, fanáticos y crueles.
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A vista de pájaro,
el otro castillo se me mostraba espléndido y grandioso,
al que, el rey don Jaime rindiera en una mañana de Noviembre
del año 1265, en aquel tiempo aciago; que fue consecuencia
de otros tiempos intransigentes y ausentes de libertad, en el
que, el alma de este pueblo, albergaba más odio que amor,
más desdicha que felicidad, más desesperanza que
esperanza. ¡Lástima de vidas perdidas, de momentos
pletóricos de libertad, de momentos que nunca fueron felices
como este! ¡Lástima de siglos de oscurantismo, de
sangre vertida en estúpidas y crueles guerras entre hermanos!
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La plaza, testigo mudo de la historia de este
pueblo, ahora se conmueve y constata la evolución de
los sentimientos que han aflorado en su suelo. Ella, que fue
testigo de todas las culturas que aquí se desarrollaron,
donde ibéricos, romanos, musulmanes y cristianos se imponían
los unos a los otros violentamente; donde la muerte y el fuego
eterno inmisericorde esperaba a los que no creían lo
que los fanáticos de turno victoriosos imponían;
ahora, ante este momento de auténtica catarsis de euforia,
que también es ofrenda y Te Deum pluralista, la plaza
alberga los ecos emocionados de unas gentes que esperan y desean
que este himno a la alegría perdure por los siglos.
La presencia de aquel preciso momento ante estas dos posiciones
tangencialmente opuestas, me hizo apostar por la toma de conciencia
que supone vivir en libertad y alegría, en este tiempo
nuevo, confraternizando con todos nuestros semejantes, como
ahora, en que una enorme coral atronadora, acompasada por la
batuta del viejo compositor eleva los versos y las notas musicales
de exaltación entusiasta a nuestra patria chica que no
excluye a nadie. "PETREL, MI GRAN PETREL..." Petrer,
cuánto tiempo hemos tardado en recobrar nuestras señas
de identidad y comprender, que o bien eres de todos, o no eres
de nadie.
Mayo 1996
REVISTA
MOROS Y CRISTIANOS. PETRER 1997
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