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Cuentos y relatos

Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell
El bosque de la bola

(La leyenda de Bolón)

Juan M. Maestre
A Caramelico, Piruli y Tocayete
en un día de Navidad del pasado siglo XX

 


Todos los niños del valle ven cada año en la víspera del día de reyes, que en lo alto de la montaña de Bolón se enciende una hoguera, cuya luz anuncia la llegada de los Reyes Magos de Oriente y su séquito.

Sólo algunos saben, que esa luz tan potente de vivos colores y altas llamaradas, es la que guía en la oscuridad de la noche a la regia caravana de sus majestades, para que pueda posarse en la cima de la montaña, que como faro luminoso les advierte que allí está la ciudad, y los niños que les aguardan.

Pero... lo que nadie recuerda, es como llegó un día a la cumbre de la montaña, por ello, esta que ahora os voy a contar, es la historia de Bolón que da origen a su nombre, por causa como veréis, de esa noche tan especial en la que sigue brillando en lo más alto, esa luz que guía en su viaje estelar, a los Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar.

Hace ya mucho tiempo, tanto, que ni siquiera los más ancianos del lugar recuerdan bien como ocurrió el surgimiento de esta montaña, que situada en el centro del valle del Vinalopó, eleva su cima hasta los 654 metros de altura, y que todos conocemos con el nombre de Bolón.

En aquel tiempo del cual os hablaré, el valle tenía otro aspecto bien diferente del que hoy podemos divisar, cuando viniendo desde el mar Mediterráneo superamos la cuesta del “Reventón”. Entonces, todavía no existía Bolón y se contemplaba una extensa llanura poblada de árboles.

Donde hoy se alza la Sierra del Caballo, había un extenso y verde prado, tamizado de lindas flores de vivos colores, que lindaba con las faldas de las montañas de la misma Caprala, muy cerca ya de los límites con la hoya de Castalla; y lo que hoy conocemos como la “Silla del Cid”, estaba en aquellos tiempos, ocupado por un gran bosque de robles que llegaba hasta la redondeada loma de “los Chaparrales”.

En medio de aquella gran llanura, donde hoy se alza Bolón, existía un pequeño y joven bosquecillo de pinos piñoneros y dentro de él, una gran roca de redondeadas formas daba nombre al lugar que era conocido como “El bosque de la Bola”.

El río Vinalopó, amplio y caudaloso, atravesaba en toda su extensión el verde y florido valle, y a su orilla la pequeña aldea se acostaba bajo los muros del gigantesco alcázar fortificado. Sus calles empedradas y limpias y sus casas de arcilla y gruesos troncos, estaban habitadas por gentes sencillas y trabajadoras, dedicadas al cultivo de la fértil y bondadosa tierra.

La gente era feliz, atareada en sus labores que ocupaban de sol a sol, todas las horas del día. Rara vez habían disputas entre ellos y sólo una tristeza ensombrecía los rostros de los aldeanos, cuando al llegar la Navidad, surgía el problema de siempre, al que ningún año lograban dar solución.

Vista de Elda: 1921 Óleo de E. Amorós
Vista de Elda: 1921 Óleo de E. Amorós

En casa de Dahellos, el viejo zapatero de la aldea, un grupo de vecinos se lamentaban una noche, junto al fuego del hogar.

El tío Caliu, fue el primero en sacar el tema, sin dejar de mirar al fuego, que le tenía como hipnotizado.

__Este año, ocurrirá lo mismo que el anterior.

Junto a él, el tío Torreta, amigo y vecino, apostilló:
__¡Seguro que sí!, y nuestros hijos volverán a ser los únicos de toda la región que no tendrán sus juguetes.

__¡Pero hay que hacer algo, de una vez! __ inquirió el tío Dahellos. Sabía que contaba con el apoyo unánime del tío Caliu, quien levantaba sus grandes y arrugadas manos, dando muestras de clara preocupación.

__ Desde Luego Dahellos, que tenemos que hacer algo, ¿Pero el qué?

__ Sea lo que sea, pero no podemos consentir que siga pasando lo mismo de siempre.

Todos los años ocurría igual. Las gentes del lugar sensibilizadas por las fechas navideñas, volvían a recordar la tristeza que en todos los hogares de la pequeña aldea, reinaría entre los más pequeños al llegar el día de Reyes. Día tan esperado por los niños, que un año más podrían volver a quedarse sin sus juguetes. Todos los años se encendía en la plaza del pueblo una gran fogata, que debía servir de guía al séquito de sus majestades, orientándoles en la noche para hallar así el lugar, pero la mayoría de años el mal tiempo reinante por estas fechas y sobre todo, las grandes nubes que ocultaban totalmente el valle, impedían ver la hoguera encendida en la plaza y pasaban de largo, guiados por los otros brillantes resplandores que esa noche ardían por igual motivo en todas las aldeas de la región.

El tío Caliu volvió a romper el silencio:

__ ¡Hay que buscar de una vez la solución!

__ Hagamos una hoguera mayor __ apuntó el tío Torreta.
__ Yo,__ sugirió Dahellos levantándose de su silla __ propongo que hagamos además, mucho ruido con cacerolas o cualquier otra cosa que tengamos a mano.

Los vecinos ni cambiaron el gesto ante tales ocurrencias, pues no en vano, esas soluciones habían sido ya intentadas otros años, sin ningún resultado.

El problema seguía existiendo. Como todos los años, el pueblo entero se había reunido en la plaza mayor, donde el tío Monastil, el más anciano y sabio de la aldea, les dijo a sus conciudadanos:

__ No calentaros la cabeza. La solución ya la dije yo hace muchos años. Hay que construir una gran torre que a modo de faro, luzca por encima de las nubes que cubren nuestro valle.

Entre los congregados se escuchó un murmullo de negación ante tan absurda proposición que ya antes, había sido descartada, y fue el tío Caliu, quien saliendo de entre los vecinos le contestó:

__ Pero Monastil, eso no puede ser. Además, faltan sólo ocho días para la noche de reyes y es imposible construir esa gran torre, en tan breve espacio de tiempo, ni siquiera teniendo los materiales necesarios, que tampoco tenemos.

En la plaza se escucharon primero palabras de asentimiento y luego sólo murmullos. Nadie daba con una idea acertada y así continuaron durante horas, buscando una solución sin hallarla. Al final, decidieron por mayoría ir a consultar a Idella, una especie de maga o bruja del lugar a la que siempre acababan por ir a ver, cuando tenían alguna dolencia o preocupación seria.

Le hablaron a Idella del problema, que ella ya conocía y también todas las ideas que en la reunión de la plaza se habían propuesto para solucionarlo. Tras escuchar todas las propuestas, Idella se puso en pie y les dijo:

__ De todas las soluciones, la mejor es la que ha dicho Monastil.

___ Lo veis. Je,je ya os lo dije yo __ se alegró el anciano.

__¡Pero Idella! Es imposible construir una torre tan grande en tan pocos días__ apuntó Caliu en tono lastimero.

__ No es imposible si en lugar de una torre, se construye una montaña amontonando rocas y tierra.

Primero se hizo un silencio absoluto y luego una larga exclamación de asombro se escuchó en la habitación.

__ ¿Una montaña? Pero... ¿Cómo?, ¿Dónde?__ preguntó Dahellos mostrando sorpresa y desconcierto.

__ Yo tengo una idea __dijo el más anciano__ Podríamos ir amontonando rocas y tierra, junto a la bola del bosque y así la haríamos mayor y mayor, hasta que sea una gran montaña.

__ ¡Pero tío Monastil! __respondió Caliu con evidentes muestras de alteración__ No tenemos tiempo, y además; hay que mover grandes rocas y muchas toneladas de tierra.

__ Yo sé quien puede hacerlo en sólo esos siete días que faltan.

Idella con sus palabras suscitó nuevamente murmullos de todo tipo entre los allí presentes. Nadie creyó que tal faena fuere posible.

__ ¡Escuchadme!, no es imposible si nos ayuda el gigante Trinitario, y creo que el bosque de la bola, como apunta el viejo Monastil, es el lugar ideal para elevar allí nuestra montaña.

Todos enmudecieron, pues sabían que Idella podría conseguir lo que se propusiera y tras unos instantes de callada espera, le ofrecieron su ayuda incondicional, tras lo cual, sin perder tiempo, una delegación de vecinos acompañaron a la vieja maga en busca de Trinitario, un gigante que media más de cien metros de altura y que vivía cerca del mar en la gran cueva de Canalobre, la única que a duras penas podía cobijarle.

Tardaron toda la tarde en llegar caminando monte a través hasta alcanzar la gran montaña dorada, cuya forma asemeja una gigantesca cabeza y por ello, se la conocía como “el Cabezo de Oro”. Al llegar a la entrada de la gran cueva de Canalobre, unieron sus voces para que el gigante pudiera oírles. Todos juntos gritaron su nombre:

__¡Trinitarioooo!... ¡Trinitarioooo!...

El retumbar de los movimientos del gigante en la gruta, precedió a la voz de Trinitario que denotaba enfado.

__ ¿Quién grita de esa manera, molestando mi descanso?

__ No te enfades Trinitario. Soy Idella, la gran maga de los valles del Vinalopó y vengo con las gentes de la aldea a pedirte ayuda, que sólo tu puedes dar.

Allí mismo, a la entrada de la gruta, contó Idella el problema y la solución ideada, para lo cual era imprescindible su ayuda. Trinitario se resistió al principio, pero todo lo que tenía de grandullón lo tenía también de bonachón, y cuando le pidieron que lo hiciera por los niños, ya no pudo negarse.

__¡Esta bien!, yo os haré esa montaña en siete días y alcanzará siete veces mi propia altura, pero con una condición...

Todos callaron para escuchar con atención lo que pedía aquel gigante que todo lo podía. Trinitario rompió el silencio:

__ Me tenéis que hacer y también en siete días, un par de sandalias para mis doloridos pies, pues ningún zapatero de la comarca puede hacerlos.

Todos en la comitiva quedaron mudos por la desilusión. Trinitario tenía unos pies que median diez metros de largo por tres de ancho y no había zapatero alguno en todo el mundo, que pudiese construir semejante par de sandalias, sin embargo Idella, ante el asombro de los presentes, respondió:

__ Muy bien Trinitario, tendrás en siete días tus zapatos, pero mañana mismo has de comenzar a construir la montaña en el bosque de la bola.

Panorámica del Valle, Sierra del Caballo, Cid, Chaparrales, Batech
Idella, Monastil y los demás, volvieron durante la noche al valle y al amanecer golpearon la rustica puerta de la cabaña de Dahellos, el zapatero de la aldea. El tío Dahellos salió a abrir, con evidentes muestras de mal humor, pues había pasado mala noche y cuando al final se había quedado dormido, aquellos bellacos aporreaban con insistencia su puerta privándole del sueño.

__ ¡Ya va!, ¡Ya vaaaa!__ al abrir la puerta de su morada vio a Idella, encabezando una comisión de vecinos.

__ Dahellos, sólo tú puedes hacer que acabe para siempre nuestro problema.

Medio dormido por la mala noche y la temprana hora, no logró entender nada.

__ ¡Pero...! ¿Qué pasa?, ¿Qué puedo hacer yo?

Rápidamente calmaron el asombro del anciano contándole el acuerdo que habían sellado la noche anterior con el gigante Trinitario.

__ ¿Pero vosotros sabéis lo que estáis diciendo?, no hay ningún zapatero en todo el mundo que pueda hacer semejante par de sandalias, y menos en siete días.

__ Hay que hacerlo, amigo Dahellos __le inquirió Idella con muestras de cansancio__ Sólo así nos hará la gran montaña que necesitamos para colocar bien visible la luz de nuestra aldea.

__ Tienes que hacerlo Dahellos__ dijo en tono de suplica el tío Caliu.

__ No puedes negarte buen amigo __ casi le imploró Monastil.

__ ¡No se, no se...! __el silencio se podía cortar durante la espera, pero al final respondió__ ¡Esta bien!, lo intentaré, pero para poder conseguirlo en el plazo de tiempo que disponemos, deberéis ayudarme todos los vecinos del pueblo, pues yo sólo no podría ni siquiera manejar unas suelas tan gigantescas.

Entre vítores de alegría, todos los vecinos abrazaron al noble zapatero, gracias al cual, acabaría la infelicidad de los niños de la aldea, cada Navidad.

Apenas había salido el sol cuando el Gigante Trinitario llegó al valle. Venía montado en un gigantesco y viejo caballo, medio derrengado, sobre el que trasladó en sus alforjas un par de grandes cuencos para mover la tierra. Ató al arcaico animal a una piedra colosal, en el verde prado existente entre Caprala y la aldea. Le quito una grande y también destartalada silla de montar, demasiado grande y pesada para tan viejo animal y la posó en el suelo en un claro del bosque de robles, el cual quedó casi totalmente cubierto por tamaña montura, recostada sobre las lomas del Chaparral. Sacó de sus utensilios y dijo:

__ ¿Dónde hay que hacer esa montaña?

Monte Bolón
Bolón

Nuestros amigos, le indicaron el bosquecillo de la bola, que al otro lado del río, extendía las ramas de sus árboles altísimos, a los que sólo la gran roca redondeada superaba en altura. Trinitario miró hacia donde todas las manos de los aldeanos señalaban y preguntó de nuevo:

__ ¿Y de mis sandalias qué?

Dahellos, el zapatero, ayudado por algunos hombres, tomó medidas de sus descomunales pies y comenzaron a organizarse para poder realizar tan gigantesca obra. Luego, Trinitario, cogió los dos grandes cuencos que había traído y dando media vuelta sobre sus pies, se dirigió al mar donde comenzó a ir y venir, acarreando cuencos y más cuencos de arena. De los acantilados rocosos, arrancó enormes piedras que amasaba con la arena, tomando el agua del caudaloso Vinalopó y poniendo puñado tras puñado sobre la gran roca de redondeada forma que todos llamaban “La Bola”.

Al llegar la noche del primer día, “La Bola” había quedado totalmente enterrada bajo un gran montón de piedra y arena, que tal como prometiera Trinitario, cien metros media al finalizar el primer día.

Al siguiente fueron doscientos y al tercero trescientos. Trinitario estaba así cumpliendo su promesa y también Dahellos, el tío Caliu y el viejo Monastil, se afanaban de día y de noche en su tarea. Dahellos, el zapatero, enseñó a todo el pueblo y dirigía cada pieza de las gigantescas sandalias, mientras se desesperaba porque las cosas no iban todo lo bien que él quería.

__ ¡Esto no puede ser!, ¡Así no vamos a terminar el pedido!. Necesitamos más aparadoras para unir todas las capas de pieles de cabra.

__ ¡Pero Dahellos! Si ya no hay más brazos en la aldea.

__ Pues habrá que buscarlos en las comarcas vecinas, Tío Caliu__ replicaba el noble y angustiado zapatero.

Al cuarto día varios hombres partieron del valle con las carretas repletas de cortes de piel, en busca de más brazos que pudieran coser fuertemente los cortes para calzado tan grande. Mientras, Trinitario seguía su continuo ir y venir, cargando piedras y arena, que echaba en el montón y aplastaba con pies y manos, al tiempo que de cuando en cuando preguntaba:

__¿Cómo van mis sandalias?

__ No te preocupes Trinitario que al séptimo día estarán acabadas.

El bueno de Dahellos, mentía, sabía ya muy bien que las partidas iban retrasadas. Cuando no se quebraban las agujas, era el hilo el que se rompía, pero tenía la esperanza de que al final lo lograrían. Ya casi estaban acabados los cortes y pronto empezarían a montarlos sobre las gruesas planchas, hechas de varías capas de alcornoque.

Herramientas de zapatero
Herramientas de zapatero (Museo del Calzado) Elda
Así transcurrieron también en febril actividad, el quinto y el sexto día, y llegó la mañana del séptimo y último día.

__ ¿Están ya listas mis sandalias?
__ No sufras Trinitario, hoy acabamos al medio día.

Y Dahellos corría como un loco de la punta al talón de cada pie de la sandalia, corrigiendo cosidos, recortando sobrantes de la suela... Sabía que no le quedaba tiempo, pero seguía luchando y luchando por cumplir el pedido encomendado y por ello, lejos de decaer en su ánimo, seguía arengando a sus vecinos:

__¡Animo que ya acabamos! Tendremos que retrasar hoy la hora de la comida, pero acabaremos el encargo.

__ La montaña medía al estar cercano el medio día 654 metros; exactamente los mide aun hoy en día. Trinitario había preparado un gran peñón de 46 metros de altura con el que pensaba cumplir su parte del trato, completando con la roca, los setecientos metros convenidos: Cien por cada día.

Pero en la aldea, no acababan de terminar el calzado. Una cosa tan insignificante como parecen las tiras, a modo de cordoneras para sujetar la sandalia, habían echado al traste toda la faena. Las gruesas cuerdas se habían partido y había que volver a trenzarlas de nuevo.

__ ¡No lo vamos a lograr!__ se lamentó Caliu, dirigiéndose a Dahellos.

__ Lo sé, pero vamos a seguir, tal vez se retrase también Trinitario y acabemos nuestro compromiso a la vez.

Pero Trinitario volvía ya de su último viaje y traía llenos los dos grandes cuencos repletos de arena. Venía tan cansado por la prisa de acabar y cumplir el trato, que subía los últimos repechos que le separaban del valle, medio reventado de cansancio, cuando...

__¡Hayyyyyyy!

Se escucho un batacazo espantoso. Tan agotado estaba y tan atolondrado venia, que en la última cuesta cayó reventado de bruces al suelo con tal violencia, que la arena de los dos grandes cuencos, salió proyectada atravesando el valle para caer cerca del viejo caballo, que ni siquiera pudo despertar del tremendo susto. Sólo pudo Soltar un potente y agónico relincho y quedo allí mismo petrificado.

Se explica así, que ahora convertido en piedra se le siga llamando “La Sierra del Caballo” y como prueba de que mi historia es cierta, ahí están los dos grandes arenales. El de Pruna y el de L’Almorxo, que se formaron a causa de aquellos montones de arena proyectados desde lo que hoy llamamos “El Reventón” a causa de tan aparatosa caída de Trinitario.

Arenal
El Arenal (Petrer)
En la aldea, al escuchar semejante estruendo y tan grande relincho, quedaron todos quietos durante un momento, pensando que de un terremoto se trataba, hasta que Trinitario apareció en el horizonte y con tono avergonzado, se dirigió a los aldeanos:

__ ¡Lo siento!, no podré cumplir mi parte del trato, pues la hora fijada termina y no tengo tiempo de volver a traer más arena.

__ No te preocupes Trinitario__ contestó la maga Idella__ Tampoco nosotros podemos cumplir el horario y acabar al medio día según lo acordado, pero antes de que anochezca los tendrás puestos en tus pies. Y no sufras gran amigo, que tu trabajo bien vale eso y más.

__ Si amigo__ corroboró el tío Caliu__ Te estamos tan agradecidos que ese peñón que tenías dispuesto para colocarlo en la cima de la montaña, se quedará donde ahora está y así todo el pueblo recordará el esfuerzo de tu trabajo, en ese peñón que desde hoy y por los siglos de los siglos, se llamará “El Peñón del Trinitario”

Y así fue. Antes de anochecer, marcho Trinitario entre vítores, calzando sus recién estrenadas sandalias, que tanta fama, al correr de los tiempos, darían a esta villa en todo el mundo; allá por donde fue Trinitario, quien al partir dejó abandonada, pues ya no le servía al morir el último gigante caballo, la vieja y aparatosa silla de montar y también tras de ella, los dos cuencos de madera boca abajo, formando así junto a la gran loma redondeada del Chaparral, lo que al pasar de los años se convertiría en “La Silla” y “Las mamas del Cid”.

Mientras Trinitario dejaba atrás el valle, camino de la costa, Dahellos el zapatero encendía una gran hoguera en lo más alto de aquella nueva montaña.


Sandalias en horma (Museo del Calzado) Elda

__ Ahora si que verán la luz de nuestro pueblo sus majestades__ Comentó el viejo Monastil, que le ayudaba emocionado.

__Y nuestros hijos y nietos no quedarán nunca más sin sus juguetes__ sentenció no menos satisfecho Caliu. El fuego levanto al cielo una brillante llama y entonces, surgió de los labios del zapatero la pregunta:

__¡Oye! ¡Y como vamos a llamar a esta montaña?...

Todos quedaron callados con la mirada fija en el fondo del valle, donde ya se habían encendido las candelas de la pequeña aldea. Intentaban buscar un nuevo nombre para aquella nueva montaña, que pasaría a formar parte del paisaje para el resto de sus vidas. Fue nuevamente Idella, quien con buena lógica apuntó:

__ Pues si antes en el lugar había una gran roca a la que todos llamábamos “la bola”, justo es que ahora, al haberla hecho más grande la llamemos “BOLON”.

Y así, desde aquél día, en la noche de reyes, generación tras generación, otros zapateros de esta villa, encienden cada año la luminosa fogata que sirve de faro y guía, al séquito real, haciendo llegar sin vacilación a Melchor, Gaspar y Baltasar a la cumbre de “BOLON”.

5 de enero, llegan los Reyes Magos por Bolón
5 de enero, llegan los Reyes Magos a Elda por Bolón

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