La desaparición de su hija y posteriormente
su mujer le dejó una mueca de dolor que lo hizo más
etéreo, más frágil y sensible. Su escaso
cuerpo postergado ya casi no le aguantaba; tenerse de pie e
intentar trémulamente caminar era sufrir un calvario,
pero sentado en su sillón junto a la estufa que le proporciona
el calor necesario para que su sangre fluyese por su cerebro;
y escucharle, era recibir uno de los grandes placeres del espíritu
humano.
Su biblioteca, es densa y profunda como fue
su privilegia mente. En los libros y en su mirada serena y crítica,
desarrolló un caudal de sabiduría que le propició
su inmensa fortuna. Durante toda su vida se dedicó al
estudio del conocimiento humano de la filosofía de Bertrand
Russell, el filósofo pacifista inglés que durante
la primera guerra mundial incitó al mundo a la objeción
de conciencia siendo encarcelado por ello. Russell, fue sin
duda el espejo donde su espíritu se reflejó plenamente,
junto a Ortega, Marañón y Machado y otros que
estudió plenamente. Lástima que no se hayan publicado
nunca sus conferencias y otros textos que esporádicamente
muy pocos hemos leído, o escuchado sus lecciones esporádicas
pronunciadas en el Instituto Azorín, invitado por el
profesor Salvador Pavía.
Quienes le conocimos, jamás olvidaremos
su importante exponente laboral realizado en una empresa de
Elda, y el cultural dotado de conocimientos con plenitud universal.
Su espíritu dolorido permaneció siempre erguido
e inhiesto, sustentado por su riqueza espiritual, pues jamás
se doblegó ante el imponente Becerro de Oro que tanto
domina la sociedad. Su olvido nos hizo cómplices de la
insensibilidad que afecta al mundo. Nuestros sabios, se lo merecieron
todo y apenas recibieron un poco de calor del humano. Su nombre
solamente figuraba en los listados de personajes del mundo de
la cultura. Mas él nunca dijo nada, sabían mejor
que nadie de injusticias, de soledades, del olvido de la vejez.
El olvido también fue la pesada losa de la tumba para
quienes todavía permanecían vivos y solamente
necesitaban recibir un poco de calor; aunque quizá sea
demasiado pedirle a este gélido mundo. Doroteo fue palabra
trémula, verbo fluido de sapiencia, testigo del último
siglo fascinante y cruel que cerró el segundo milenio;
comprimido en su ser diminuto, guardó celosamente su
inconmensurable palabra. No lamentó la vida pues de ella
recibió el caudal inagotable de sabiduría del
que tanto bebió. En él no cupo aquello de que
cuando el cabello emblanquece el corazón ennegrece. La
grandeza le asistió, y la veneración y el respeto
lo consagraron como uno de los mejores hijos de Petrer, del
pueblo por el que tanto sufrió silenciosamente, calladamente,
tragándose sus lágrimas, llenando día a
día, cántaro a cántaro, su profundo pozo
de sabiduría.
Doroteo Román vivió en los oscuros
parajes del olvido. Estrella que, por voluntad propia, siempre
ocultó su brillo. A pesar de ello, su nombre, su vida
vocacional dedicada plenamente a la cultura de un modo autodidacta,
enriqueció el patrimonio cultural de este pueblo, donde,
sus mejores intelectuales persisten apasionados en la lucha
política, o escribiendo bajo seudónimos con temor,
incluso para ensalzar, casi olvidando la verdadera esencia de
la cultura en su eterna búsqueda de la verdad.
Doroteo Román fue el gran desconocido
en el ámbito juvenil de la vida cultural de este pueblo,
sin duda, todos somos proporcionalmente culpables de ello. Un
par de artículos sobre su persona es lo máximo
que se escribió sobre él, si bien habrá
que agradecer a la periodista Patricia Navarro que en el año
1993, en la revista Festa publicara una extensa entrevista donde
se hallan todas las claves para conocer a fondo, todo su profundo
pensamiento y el candor de su sabia palabra. Su memoria y su
recuerdo siempre nos acompañarán mientras esperamos
que su fecunda obra sea rescatada en profundidad y su nombre
figure en el “mausoleo” de los hijos ilustres de
este pueblo, ahora, que se va cumplir en la próxima primavera
el primer aniversario de su muerte.
Doroteo Román murió 6 de
Abril de 2006.
Francisco Máñez Iniesta