![]() |
| Artículos |
Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell |
|
|
|
Le conocí el día que se
hizo socio del Club Alpino. Está culturalmente aceptado, que el ser humano busque para su relajo y desahogo, justo lo contrario a lo que en su vida cotidiana sea lo normal; aquello que por repetitivo se convierte en rutinario y carente de interés para nuestro desarrollo personal, y así, es corriente que quien pasa toda la jornada laboral sentado, por razón de su oficio, lo que más desea es salir a estirar las piernas. En definitiva, se trata de no seguir haciendo lo mismo de todos los días. ¿Es posible, entonces que un pastor quiera ser montañero? En mitad de reflexión caí en la cuenta… Aquello mismo ocurrido a otros hombres de distintas latitudes. La lista de los primeros guías de montaña de los Alpes es grande. Casi todos habían sido campesinos y pastores, y si bien, la mayoría acabaron convirtiéndolo en oficio y nueva rutina diaria, no es menos cierto que ha habido excepciones como la del amigo que me ocupa. Hay otros ejemplos, como el del pueblo
Sherpa y su transformación desde el mundo rural al del alpinismo;
un fenómeno extensivo a otros lugares de la tierra, producido por
la llegada del hombre occidental a las montañas y sus necesidades
de transporte, convirtiendo el porteo en una nueva forma de vida para
los lugareños. |
Establecido que el interés de mí amigo Pepe por el alpinismo tiene análogos y honrosos antecedentes, sólo añadir que en su caso no pretende ser guía, ni porteador de montaña, y por ello, sus razones resultan tan intrigantes como minoritarias. Tremenda conclusión que me devuelve al principio de mis cavilaciones con idéntico nivel de entendimiento que en la tarde que le conocí. Tal vez por ello tiempo después, otra tarde, ésta de invierno, me decidí a visitarle en su trabajo. ¡Qué gozada, una tarde cualquiera en la montaña! Nada más llegar, sus perros acudieron veloces sin dejar de ladrar, hasta que el pastor les mandó detener su loca carrera para tranquilidad mía. “Trabuco”, “Rabosa” y la revoltosa “Pitusa” se quedaron todo el tiempo vigilándome y el ganado pudo relajarse un rato. Sintiéndose “libres” de sus guardianes, comenzaron a estirar sus lomos increíblemente hasta alcanzar el fruto del olivo. No duró el festín, pues al momento “Trabuco” las había devuelto a sus cuatro patas a una orden del pastor. |
![]() |
| La conversación aquella tarde no fue ni corta ni larga. Sinceramente, no sé cuanto duró. Pepe habló con mayor soltura sintiéndose a gusto en un terreno que dominaba. Por él supe que había en la comarca unas veinte mil cabezas de ganado y me sorprendió que Elda y Petrer contase todavía con un censo cercano a las cinco mil, entre corderos y cabras, a pesar del exiguo pasto y la insuficiente ayuda. Me contó cosas de su vida de pastor y lo incómodo que se siente cuando baja a la ciudad. Aprendí boquiabierto, cosas inútiles para mi vida de urbanita, como la disposición de los cencerros que cada pastor armoniza buscando crear su propio y característico sonido. Aquel que todos serán capaces de identificar, incluso desde la lejanía. Nubes plomizas bajaban lamiendo la ladera de la montaña, mientras por el ocaso el cielo se enrojeció augurando un viento que ya se notaba en el lugar. El ganado delante de nosotros, volvió cansinamente al redil conducido por “Trabuco”, “Rabosa” y la pequeña “Pitusa”, que de cuando en cuando, se volvía para observarnos. Le hice la pregunta que tanto me había intrigado y su respuesta fue tan sencilla que la entendí sin ningún esfuerzo. ¿Qué cual fue? Veréis… Su respuesta es un millón de millares, de millones de respuestas, tantas como hombres y mujeres creyeron en ella… Pero ninguna vale en el llano. No entre el vetusto hormigón, ladrón de tantos momentos a lo largo de nuestras vidas, que aprendimos a olvidarlos creyendo que todos eran iguales. Hacía mucho que no disfrutaba de un atardecer como aquel. Ya había anochecido cuando le dejé acomodando al rebaño y regresé a la ciudad tratando de encajar lo mucho aprendido de aquel amigo, pastor y montañero. Volvía pensando cómo podría expresar su contestación, y sonreí al recordar que en unas horas volvería a amanecer, pues estuve seguro que también tú, si lo quieres, entenderás tu propia respuesta… ________¡Mañana… cuando salga el sol! Juan M. Maestre |
|