| Artículos |
Textos de: Juan Manuel Maestre Carbonell |
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| "Débora" La ruta escondida Publicado en la revista Vivir en Elda, nº 371/enero 2008 |
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El
mejor regalo que me podían hacer fue llevarme allí. No porque
fuera un lugar magnífico, que es más bien sombrío,
descompuesto y poco espectacular; claro que, dependiendo de lo que cada
cual considere espectacular. Débora, la ruta escondida, es efectivamente una vía de escalada abierta en el siglo pasado. ¡Qué lejos...! Bueno no tanto, pero lo suficiente para haber quedado sumida en el olvido. Más de un cuarto de siglo es mucho tiempo para el hombre, aunque sólo sea un suspiro para la naturaleza. |
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En 1979
se inició el reconocimiento de la zona y se llevó a cabo
la apertura de la primera vía en la oscura vertiente de esta
montaña altiva. Poco después, fue en una fría mañana
como la de hoy, cuando en compañía de un “Alpino”
y a la vez monovero, alcancé el calor del sol y la cima, por
esta otra ruta a la que dimos el nombre de su recién nacida primogénita. |
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Llegar hasta ella requiere imaginación. No está ni cercana, ni a la vista. No hay senderos ni señales. Por supuesto menos aún esos pintarrajos de moda que te guíen. Este lugar no sale en los mapas, menos todavía en las guías para las grandes masas, hoy tan en uso, que han venido a demostrar el fracaso medioambiental del cuidado que, por ignorancia, pretendían. No, éste es un terreno para auténticos alpinistas, buscadores de la aventura en la montaña. Aquí puedes estar seguro que nadie te hará fácil la jornada. Para llegar aquí, hay que querer llegar aquí. Hay que sufrir incómodas e inestables travesías sobre un terreno más bien peligroso, y cuando llegas aquí o subes o te vuelves por donde has venido. No hay ruta alternativa. O triunfas o fracasas, sin término medio ni excusa que valga. O eres alpinista o mejor te quedas en tu casa. Aquí están de más las ropas de colorines y el pantalón a lo pirata. Llévate clavijas y maza y ten muy claro el léxico breve de la cordada, porque también aquí sobran las palabras. Al poco
de dejar el coche me encuentro un cartel que por prohibir, prohíbe
en ba-tería, y en el colmo de la ignorancia iconográfica
montañera, no se sabe si se prohíbe subir o bajar. Yo
seguí subiendo, pues entiendo que todavía no ha nacido
quien me prohíba a mí escalar, y por si el incompetente
lo pretende, dejo al pie mi nombre y donde quiera nos vemos, si es que
lo tiene a bien, pues ya está ídem de legislar con un
embudo, y falta hace y ya me place, empezar a menear poltronas de inútiles
figurones. |
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Frío,
todo el pasaje es muy frío. Esperar al sol, es tanto como esperar
al ocaso para verlo perderse en el horizonte. La perpetua sombra propicia,
en la escasa tierra al fondo de la estrecha canal, la supervivencia
arbórea que trepa oculta y explota en brillos verdes de salvaje
madreselva; pero antes la reunión. Al ensanchar la grieta se
impone unir al grupo; justo en el recodo, cuando piensas divisar la
cima y descubres que todavía no puedes ver nada; ni siquiera
el camino en la roca, que la vegetación oculta. |
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La
salida transcurre por el interior de la vieja montaña, que es allí
más vieja, descompuesta y desmoronada. Tacto fino para no rozar
el suelto, paso lento y vigilante la pisada. Corta pero aérea cresta
cimera y el sol por fin me alcanza. |
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El
sol está tan irónicamente cercano, rebotando sobre las paredes,
como imposible de alcanzar, o que te alcance. Tras la selva vertical viene
luego un nuevo punto de relevo. Toda la ruta la hemos encontrado equipada
con los viejos clavos de mi época de escalador y los recuerdo uno
a uno, en su lugar, en cada paso comprometido de la ruta. Se los voy señalando al primero de la cordada. ___ Arriba. A la izquierda, en la parte baja del bloque. Una americana hasta el mismísimo ojal y otra invertida en la reunión, y más arriba una extraplana. ___ ¡Es cierto! ¡Qué pasada! ___ Me grita el cabeza de la cordada, extrañado por el recuerdo que mi memoria guarda. ___ ¡Olvidaré carreteras y también algunos caminos, pero nunca una ruta de montaña! ___ Y es cierto, pues allí están los viejos y enrobinados hierros. Artilugios de escalada que ya muy pocos usan, habiéndose acomodado exclusivamente a las zonas equipadas. Algunas de estas clavijas, en aquellos tiempos, eran de importación y por ello de alto precio para la economía personal, pero ahí están, demostrando el generoso esfuerzo de equipar, a peculio propio, para evitar degradar la roca con sucesivas clavadas y desclavadas. La salida transcurre por el interior de la vieja montaña, que es allí más vieja, descompuesta y desmoronada. Tacto fino para no rozar el suelto, paso lento y vigilante la pisada. Corta pero aérea cresta cimera y el sol por fin me alcanza. |
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¡Qué buen regalo! tras largos años sin pisarla. ___
más que gritar le he suspirado al po-co viento, que en las primeras
horas de la tarde se levanta. Juan
Manuel Maestre Carbonell |