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El
Cantal de la Berenjena |
Paró
el motor de la California y bajó sin prisas atusándose
su largo, rubio y bien cuidado cabello, ahora algo desgreñado
por los vaivenes del tortuoso camino. Colocó una cinta
elástica en su frente, y recompuso el trasnochado look
de hippie que tanto gustaba plagiar de su viejo, quien como él,
recorrió medio mundo subiendo montañas y paredes,
llenando su vida de una filosofía que fue la única
riqueza que le pudo dejar por herencia, antes de perderse en el
vientre oscuro y gélido del glaciar Ronti del Trisul, aquel
siete mil que fue record de altitud durante veintiún años,
los mismos que, recién cumplidos, tenía el joven
Timothy ahora.
En realidad se llama
Timoteo como su padre quien, por igual jipismo, se hizo en vida
llamar Timmy, y también como su abuelo si bien, a éste
último, no le permitieron licencias con el nombre, impuesto
por tradición familiar en la pila bautismal de la Parroquia
de Santa Ana. Eran otros tiempos. Hoy la moda sajona encaja mejor
con su espíritu de trotamundos que iguala o supera al de
su progenitor, sobre todo, escalando en roca, donde su depurada
técnica, no exenta de arrojo, le permite encadenar difíciles
pasos en cualquier textura rocosa, aunque prefiere el calcáreo,
declarándose enamorado de la caliza mediterránea.
Tal es su seguridad en los terrenos verticales que suele aullar
de contento, pregonando su simbiosis con la roca __ ¡Nacido
para escalaaaar! __ grita eufórico en mitad de las paredes.
Al apagarse los faros
de la maqueada furgoneta la oscuridad es total. Las luces de la
ciudad, por lejanas, son un tímido resplandor hacia el
sur, en medio de la nada, y al norte, aún es mayor en ausencia
de cualquier horizonte. Sabe que sus pupilas dilatarán
y la apretada nube, deshilachada al fin, permitirá la luz
cósmica de las estrellas, pero entretanto la frontal dirigida
al suelo resultará suficiente para el transito por el sendero.
Otra cosa será cuando abandone la conocida ruta y se interne,
allá donde pocos fueron, en ausencia de camino.
___ ¡Esta vez seré el primero! __
Lo dijo en voz alta, pese a estar solo, cuando cargó la
cuerda sobre su abultada mochila y se perdió en la noche.
El chico, buen escalador,
no es el único en la zona y eso le trae problemas de rivalidad,
especialmente con Juan Cañas. ¡Él es Timothy
Cano, hijo de Timmy, el del Trisul!, que así dio en llamar
postreramente, el mundillo montañero local a su padre,
y nadie iba a ser ni más, ni mejor escalador que él
___ ¡Faltaría más! ___ No, mientras fuese
el más fuerte y osado aperturista de la comarca, cuestión
en la que andaba a la greña con el tal Cañas, no
menos tozudo escalador y a la postre, antiguo compañero
a quien, y no es guasa, Timothy llamaba “hermano de cuerda”,
símil que definía la pasión compartida. La
separación vino por algo tan tonto como el orden nominal
dado a una ruta abierta por ambos. Vía Cañas-Timothy,
había publicado el primero en el boletín social
y allí, se acabó la amistad.
El valle del Vinalopó
es cuna de buenos y bravos escaladores desde antiguo, subsistiendo
sagas familiares montañeras cómo la suya. Entre
ellas, hubo una vez un tal Meregildo, a quien para abreviar llamaban
“Mere” cuya fama subiendo riscos a golpe de Chirucas
le acompaño hasta después de su muerte, perviviendo
en sus dos hijos, que heredaron no sólo el apelativo de
“los Meres”; también la pasión por los
horizontes verticales, traducidos hoy en desplomes sobre la vertical,
en busca del grado imposible. Los hermanos ponían todo
su empeño en la escalada deportiva por lo que, no siendo
competencia de Timothy, se habían convertido en buenos
amigos, y como tales, socarronamente le pinchaban cuando al caso
venía, cosa frecuente que por ingrata, Timothy soportaba
muy mal, acrecentando con ello la guasa de los Meres que, en esto
de gastar la broma, habían salido bien parecidos a su difunto
padre, de tal suerte que, bastaba que Cañas lograse abrir
una nueva ruta en cualquier pared, para que Juanvi, el más
locuaz y menor de los consanguíneos, hurgase en el amor
propio del amigo.
___ ¡Mira el Cañas! ___ le decía
___ Ya ha conseguido la sur del Puig Maigmo, ¡la más
difícil! ___ La más difícil está por
llegar ___ sentenciaba de mal humor Timothy, a quien los éxitos
de su antiguo compañero, no le sentaban nada bien.
Con seguridad, a no
tardar, otra nueva ruta recorrería la sur del Puig Maigmo,
a ser posible, más directa y de mayor dificultad y entonces
la gloria cambiaría de dueño. Así estaban
las cosas. Esta rivalidad, les llevó a escalar en solitario
y ocultar sus objetivos, para que ninguno pudiera adelantarse
al otro. Cada proyecto de escalada, se convertía en el
mayor de los secretos, por eso Timothy no había dicho a
nadie, hacía donde se dirigía esa noche.
Al trasluz de la nube, la silueta menguante
de la luna, vierte una claridad tan pobre en la rambla por la
que transita, que apenas puede ver más allá de la
puntera de sus botas. Desconoce la ruta, pero siendo buena la
dirección, no habrá de perderse barranco arriba.
La frontal le ayuda a esquivar zarzales y pozas del estrecho cauce,
camino hacía el Cantal de la Berenjena, su objetivo. La
imposible aguja que, olvidada y escondida en medio de la intrincada
Sierra de la Xumenera, le aguarda para colmar sus ansias de gloria
y ganarle la batalla al odioso Cañas.
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Los
cuarenta metros del destrozado monolito de calcarenita,
altivo, redondo y desplomado en el inicio y final de todas
sus caras, ven rematada su cúspide por “el
rabo de la berenjena” una compacta astilla calcárea,
ligeramente inclinada sobre su vertical, de un gris tan
brillante, que contrasta con el amarillo oscuro de sus
paredes margas, y se eleva otros ocho metros sobre el
lomo circular de la ante cima, en cuya repisa se adivina
el fin de las dificultades. Ciertamente el reino mineral
había plagiado al vegetal, con gran similitud.___
¡Ahí está! ___ dijo, viendo, al final
de la barranca, el recorte negro sobre los claros de nube,
del raro perfil de solanácea zocata.
Las tres horas largas de marcha y la maltrecha calidad
de la roca, son causa sobrada para el desprecio de los
escaladores de la comarca, por lo general, esclavos de
las zonas equipadas y malacostumbrados al vuelo seguro,
cuando el paso pinta chungo, algo que Timothy nunca podrá
permitirse en el amarillento y abombado Cantal de la Berenjena.
Llegó. Son las dos de la madrugada en la base de
un espolón que no conoce; que no está al
paso de ningún lugar, ni es itinerario a ninguna
parte. Aislado en el corazón de un enjambre de
lomas recubiertas de matorral espinoso, la zona, ni es
apta para escalar, ni para marchas ni para nada.
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___ ¡Para llegar allí, hay que querer
ir allí. No hay otra! ___ le había dicho Pepe Poveda,
el más viejo y veterano escalador del lugar, El anciano
le habló del Cantal de la Berenjena, oculto entre las montañas
que rodean el peñón por los cuatro lados de la rosa
de los vientos, le contó su fallido intento cincuenta años
atrás, superando el destartalado pasaje que él llamaba
la verruga, y lo poco que le faltó para matarse, a punto
de coronar la circular repisa, que hubiera supuesto para él
y su malogrado amigo Paco Civera, una conquista épica.
No fue así y aquel rincón cayó en el olvido
por la mala fama de su piedra, antes incluso, que nuevas técnicas
y modernos materiales degradasen la escalada al juego vertical
que es hoy.
Un sueño ladrón, le robó el brillo estelar
de una noche que, al descubrirse, pintó de plata el rabo
de la berenjena, arrastrando su sombra sobre él, para marcar
su destino.
*
No ha dormido bien. La última conquista
de Juan Cañas, en el espolón norte de la Peña
del Cid, le obsesiona desde hace días. Fue la noticia en
el club la misma noche en la que el viejo le contase su añejo
intento de escalada. Para postre, se rumoreó que Cañas
llevaba entre ceja y ceja un proyecto que, por difícil
y peligroso, él mismo definió como un bombazo para
la escalada local. Hacía una semana de aquello y nadie
le había visto desde entonces.
Inquieto, salió del saco cuando aún no había
despuntado el sol y miró la desgastada roca. Estaba ciertamente
bastante suelta, pero no tanto como para no poder trepar por ella.
La escalada había evolucionado mucho en cincuenta años.
Reconoce el pasaje de la verruga y concluye que el veterano había
escogido bien. El sol comenzó a dibujar sobre la pared
las exactas líneas de las cercanas colinas y pronto sentiría
su benéfico calor. Sin perder más tiempo se abrochó
el arnés, colgó en sus anillas unos cuantos friens
y algunas clavijas variadas y se ató las dos puntas de
la cuerda, abriendo bien cada brazada, asegurándose que
desmadejen bien, sin posibilidad de enredo.
Timothy, había desarrollado una técnica de atarse
en solo, que sin ser segura al cien por cien, pues ninguna lo
es, a él le bastaba. Un disipador fijado a su arnés
y un Grigri invertido, con unos metros de cuerda flotante, hacían
funcionar un invento que, sin embargo, él nunca probó
en pared ___ ¡Lo mejor es no tener que saber nunca cómo
funciona! ___ Contestaba siempre que alguien le preguntaba. En
el fondo compartía la teoría del sólo integral
de Cesare Maestri, en cuanto a la escalada en solitario, pero
también creía que no estaba de más tomar
algunas precauciones en casos como el de hoy.
Comenzó a escalar. El desplome inicial, muy ligero allí,
lo solventó sin titubeos; metió un friend y subió
unos metros más, para alcanzar el principio de la verruga,
una sucesión de lajas descompuestas, amontonadas atolondradamente
por el dios de los equilibrios, que semejaba fea cicatriz sobre
la redondez del imitado fruto anual. Pensó que aquello
si que era, de verdad ¡Un buen berenjenal!, y sonrió
por la ocurrencia. El hueco, donde descansó para colocar
dos buenas clavijas, era el dejado por un bloque desprendido,
de tal suerte, que habiendo quedado al descubierto una roca más
compacta, la aflorada grieta se tragó cantarinas los dos
hierros hasta la cabeza. Los rayos del sol llegaron en ese momento
recargándole de energía. No encuentra dificultad,
pero si mucho peligro, el tramo siguiente, más que escalando,
lo pasó como un algodón sobre el calcáreo
amontonamiento. Se había dado la cuerda suficiente para
llegar al vértice de la verruga y allí, volvió
a meter otra clavija, aunque no tan sólida como la de abajo.
___ ¡Ahora viene lo bueno! ___ Observó el camino
de salida a la redondeada plataforma cimera, y añadió
___ ¡Que huevos tiene el Poveda!
Era el paso clave de la vía, liso, vertical y con mala
roca. No podía pedirse escenario peor para un escalador.
Metió otra clavija y más confiado examinó
las alternativas que le ofrecía la pared. No le separan
más de diez metros de la repisa pero es uno de esos momentos
en los que quieres tener en la reunión un compañero
del que poder tomar las fuerzas necesarias para completar la propia
osadía, pero allí no hay nadie más.
Él y el Cantal de la Berenjena. El sol cuelga en el cielo
azul y la gloria en el horizonte vertical. Sabe que si lo piensa
mucho, le costará más. Revisa por última
vez las clavijas y no le parecen tan sólidas. Respira hondo…
___ ¡Allá voy!
Lo ha susurrado delicadamente, imprimiendo desde ese instante
el mismo y suave temple a sus movimientos. De vez en cuando observa
el punto intermedio del pasaje donde, augura y ansía, una
buena presa que rebaje la tensión psíquica y muscular,
y tal vez la posibilidad de meter algún seguro a su precario
equilibrio sobre el delicado pasaje. El mundo se ha parado. El
tiempo no existe. Las yemas de los dedos y las punteras de los
pies, cierran en ellos su horizonte visual.
___ ¡Ya está! ___ Suspira aliviando adrenalina y
estira los brazos descargándoles tensión. Un microfisurero,
que ya hubiera querido para sí el viejo Poveda, le proporciona
más moral que seguridad efectiva. La pared había
comenzado a ceder verticalidad, perdiendo grados de dificultad
e inclinación hasta morir en la impecable repisa de buena
roca. ¡Lo ha logrado! y aunque todavía queda por
escalar la astilla final, la mejor calidad que observa en su caliza
gris y compacta, le impide reprimir su aullido de guerrero de
las paredes, que suena claro y fuerte:
___ ¡Nacido para escalaaaaaar!
Pero al pie del rabo de la Berenjena, no hay eco que responda.
La soledad es total.
Los últimos ocho metros no tienen más historia que
la de un paseo entre las buenas presas que la caliza mediterránea
proporciona, pero la cumbre es tan puntiaguda e inclinada que
desiste de plantarse en ella y agarrado a la última parte
del bloque, lo rodea con un cordino y monta el corto rappel. Antes
de descender se queda un instante colgado sobre la cima y deja
volar la vista, que se pierde en el horizonte de familiares relieves
montañosos, delatando el lugar que le vio nacer.
___ ¡Veremos quien logra la mayor conquista! ___ Exclama
para sí, y lentamente, como recreándose en la suerte
de rapelar y adornándose con pequeños saltitos de
púgil confiado, alcanza la confortable repisa donde comienza
a instalar los seguros para el rappel definitivo.
*
Ni
él mismo sabe como ha ocurrido, pero ya no hay remedio.
La cuerda dio el último tirón y saltó libre
y suelta al vacío, dejándole con el montaje listo
y sin aquella para bajar. Con el ruido de los martillazos, no
escuchó el latigazo sonoro del perlón cayendo a
pliegues sobre un vació, tan próximo a la línea
de rappel, que la cuerda se había decantado por el vuelo
largo, en lugar de quedar replegada sobre la repisa.
Incrédulo, miró hacía arriba para comprobar
que el anillo de cuerda estaba suelto y descansaba sobre un saliente
debajo del emplazamiento inicial que él le había
buscado. Dedujo que el último saltito, de púgil
agilipollado, terminó por estirar un nudo mal apretado
y maldijo en silencio dando golpes a la pared. Había escuchado
historias de nudos y desenlaces similares, incluso, algunos amigos
le habían asegurado estar vivos de milagro, al haberles
caído la cuerda del rappel encima, nada más llegar
al suelo, y lo había creído posible, pero que le
ocurriera precisamente a él y en aquel lugar, no lo podía
aceptar.
*
Llegó la noche convirtiendo el día en un
mal recuerdo que no logra olvidar. Acurrucado sobre el suelo de
aquella grada no piensa en nada. Ausente al frío, pero
también a la esperanza de un pronto rescate, tiene hambre
y rabia, mucha rabia, pero no hay nadie a quien maldecir.
___ ¡Timothy!___ La voz surgió frente a él,
pero no levantó la cabeza. De pensamientos, ruidos y raras
voces ya había copado el día, pero la voz, ahora
reconocible, insistió:
___ ¡Timothy, Soy yo! ___ Sí, era él. Era
la voz inconfundible de su antiguo amigo.
___ ¿Tu?
___ Quería verte.
___ ¿para qué? Tú y yo, ya no tenemos nada
que hablar ___ Se sorprendió de no mostrar ira, a pesar
de estar hablando con él ___ ¿A que vienes? ¿A
reírte de mi mala suerte?___ ¡No me dirás
que también as coronado esta cumbre antes que yo! Porque…
Juan Cañas negó con un gesto y su voz interrumpió
la letanía de quejas que Timothy ya tenía preparada
en la punta de la lengua.
___ Sólo quiero pedirte perdón.
No llovía, pero todo el horizonte visual de Timothy quedó
turbiamente mojado y apenas pudo contestar con otro ___ ¡Perdóname
tu a mí!
Ambos fueron uno solo, firmemente apretados. La luna cruzó
un firmamento cuajado de explicaciones que, como estrellas, brillaron
en lo más hondo de sus corazones, el tiempo aceleró
la noche y mudas alegrías rebotaron en la cercana oscuridad
como aleteos del alma henchida de paz. Se contaron mil aventuras
para hacerlas suyas y una sola, pero ningún proyecto. El
destino había cruzado su propia línea para cambiar
el orden astral de los dos amigos.
Ya amanecía, cuando Juan Cañas abrazo a su amigo,
antes de desaparecer atravesando la pared de roca.
*
El
sol ya estaba en todo lo alto cuando Timothy despertó
sobresaltado por el ruido del helicóptero, que al
situarse sobre su vertical, acrecentó el ruido de
los rotores al estabilizar su vuelo y sumar el potente altavoz
desde el qué, el piloto, intentaba tranquilizarle.
___ ¡Juan Cañas! ___ ¡Brruzzz, Brruzzz
___ ¡Atención, Juan Cañas! Te habla
el Capitán Tendero de la unidad de rescate en montaña
___ Brruzzz ___Tu padre escuchó anoche el contestador
y nos indicó tu posición ___ Brruzzz ___Tranquilo
que vamos a bajar para proceder al rescate.
Todavía confuso, percibe cierto revuelo en el helicóptero.
El copiloto ha señalado el suelo de la cara oeste,
la contraria a su escalada. Timothy se asoma al abismo al
tiempo que descendía el aparato hasta situarse cerca
del suelo, donde yacía el cuerpo inmóvil de
otro escalador.
Cuando el helicóptero volvió a elevarse hasta
su altura, el Capitán Tendero no tuvo tiempo de formularle
la pregunta que él ya sabía.
___ ¡Hermaaaaaanooooos de cuerdaaaaaaaa!
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Dibujo de Carlos Goyarrola
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Cuentan,
que este grito del guerrero de las paredes simboliza desde entonces
el perdón entre los escaladores del mundo que, siendo de
la misma ilusión siameses, hayan sido capaces de encontrar,
en cualquier estrellado firmamento, sobre la cumbre más
ancha, o la más estrecha aguja del universo, el silencio
exacto que, desde el corazón, iluminase su sincero sentimiento.
Dicen que este himno de lo vertical, nació
aquí, en un rincón perdido y olvidado entre las
redondeadas lomas del espinoso monte bajo mediterráneo,
en una roca bermeja, tan lejana y escondida, que sólo puede
ser vista por aquellos que han sido capaces de mirar en su corazón
y pedir perdón al amigo, al compañero que una vez,
compartió su misma ilusión y se ató a su
misma cuerda.
Yo la he visto en una noche de luna llena,
y la llamé: “El Cantal
de la Berenjena”.
FIN
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