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Dedicado a Mere, Hermano de cuerda
   
Dedicado a Mere, Hermano de cuerda

Segundo Premio en la modalidad de Cuentos de Montaña en la XXV edición de los Premios Pyrenaica, organizada por la Euskal Mendizale Federazioaren Aldizkaria (Federación Vasca de Montaña)

Publicado la Revista Pyrenaica nº 232

Dibujo de Carlos Goyarrola extraido de la revista Pyrenaica nº 232
Dibujo de Carlos Goyarrola
El Cantal de la Berenjena

    Paró el motor de la California y bajó sin prisas atusándose su largo, rubio y bien cuidado cabello, ahora algo desgreñado por los vaivenes del tortuoso camino. Colocó una cinta elástica en su frente, y recompuso el trasnochado look de hippie que tanto gustaba plagiar de su viejo, quien como él, recorrió medio mundo subiendo montañas y paredes, llenando su vida de una filosofía que fue la única riqueza que le pudo dejar por herencia, antes de perderse en el vientre oscuro y gélido del glaciar Ronti del Trisul, aquel siete mil que fue record de altitud durante veintiún años, los mismos que, recién cumplidos, tenía el joven Timothy ahora.

    En realidad se llama Timoteo como su padre quien, por igual jipismo, se hizo en vida llamar Timmy, y también como su abuelo si bien, a éste último, no le permitieron licencias con el nombre, impuesto por tradición familiar en la pila bautismal de la Parroquia de Santa Ana. Eran otros tiempos. Hoy la moda sajona encaja mejor con su espíritu de trotamundos que iguala o supera al de su progenitor, sobre todo, escalando en roca, donde su depurada técnica, no exenta de arrojo, le permite encadenar difíciles pasos en cualquier textura rocosa, aunque prefiere el calcáreo, declarándose enamorado de la caliza mediterránea. Tal es su seguridad en los terrenos verticales que suele aullar de contento, pregonando su simbiosis con la roca __ ¡Nacido para escalaaaar! __ grita eufórico en mitad de las paredes.

    Al apagarse los faros de la maqueada furgoneta la oscuridad es total. Las luces de la ciudad, por lejanas, son un tímido resplandor hacia el sur, en medio de la nada, y al norte, aún es mayor en ausencia de cualquier horizonte. Sabe que sus pupilas dilatarán y la apretada nube, deshilachada al fin, permitirá la luz cósmica de las estrellas, pero entretanto la frontal dirigida al suelo resultará suficiente para el transito por el sendero. Otra cosa será cuando abandone la conocida ruta y se interne, allá donde pocos fueron, en ausencia de camino.

___ ¡Esta vez seré el primero! __ Lo dijo en voz alta, pese a estar solo, cuando cargó la cuerda sobre su abultada mochila y se perdió en la noche.

    El chico, buen escalador, no es el único en la zona y eso le trae problemas de rivalidad, especialmente con Juan Cañas. ¡Él es Timothy Cano, hijo de Timmy, el del Trisul!, que así dio en llamar postreramente, el mundillo montañero local a su padre, y nadie iba a ser ni más, ni mejor escalador que él ___ ¡Faltaría más! ___ No, mientras fuese el más fuerte y osado aperturista de la comarca, cuestión en la que andaba a la greña con el tal Cañas, no menos tozudo escalador y a la postre, antiguo compañero a quien, y no es guasa, Timothy llamaba “hermano de cuerda”, símil que definía la pasión compartida. La separación vino por algo tan tonto como el orden nominal dado a una ruta abierta por ambos. Vía Cañas-Timothy, había publicado el primero en el boletín social y allí, se acabó la amistad.

    El valle del Vinalopó es cuna de buenos y bravos escaladores desde antiguo, subsistiendo sagas familiares montañeras cómo la suya. Entre ellas, hubo una vez un tal Meregildo, a quien para abreviar llamaban “Mere” cuya fama subiendo riscos a golpe de Chirucas le acompaño hasta después de su muerte, perviviendo en sus dos hijos, que heredaron no sólo el apelativo de “los Meres”; también la pasión por los horizontes verticales, traducidos hoy en desplomes sobre la vertical, en busca del grado imposible. Los hermanos ponían todo su empeño en la escalada deportiva por lo que, no siendo competencia de Timothy, se habían convertido en buenos amigos, y como tales, socarronamente le pinchaban cuando al caso venía, cosa frecuente que por ingrata, Timothy soportaba muy mal, acrecentando con ello la guasa de los Meres que, en esto de gastar la broma, habían salido bien parecidos a su difunto padre, de tal suerte que, bastaba que Cañas lograse abrir una nueva ruta en cualquier pared, para que Juanvi, el más locuaz y menor de los consanguíneos, hurgase en el amor propio del amigo.

___ ¡Mira el Cañas! ___ le decía ___ Ya ha conseguido la sur del Puig Maigmo, ¡la más difícil! ___ La más difícil está por llegar ___ sentenciaba de mal humor Timothy, a quien los éxitos de su antiguo compañero, no le sentaban nada bien.

    Con seguridad, a no tardar, otra nueva ruta recorrería la sur del Puig Maigmo, a ser posible, más directa y de mayor dificultad y entonces la gloria cambiaría de dueño. Así estaban las cosas. Esta rivalidad, les llevó a escalar en solitario y ocultar sus objetivos, para que ninguno pudiera adelantarse al otro. Cada proyecto de escalada, se convertía en el mayor de los secretos, por eso Timothy no había dicho a nadie, hacía donde se dirigía esa noche.
    Al trasluz de la nube, la silueta menguante de la luna, vierte una claridad tan pobre en la rambla por la que transita, que apenas puede ver más allá de la puntera de sus botas. Desconoce la ruta, pero siendo buena la dirección, no habrá de perderse barranco arriba. La frontal le ayuda a esquivar zarzales y pozas del estrecho cauce, camino hacía el Cantal de la Berenjena, su objetivo. La imposible aguja que, olvidada y escondida en medio de la intrincada Sierra de la Xumenera, le aguarda para colmar sus ansias de gloria y ganarle la batalla al odioso Cañas.

    Los cuarenta metros del destrozado monolito de calcarenita, altivo, redondo y desplomado en el inicio y final de todas sus caras, ven rematada su cúspide por “el rabo de la berenjena” una compacta astilla calcárea, ligeramente inclinada sobre su vertical, de un gris tan brillante, que contrasta con el amarillo oscuro de sus paredes margas, y se eleva otros ocho metros sobre el lomo circular de la ante cima, en cuya repisa se adivina el fin de las dificultades. Ciertamente el reino mineral había plagiado al vegetal, con gran similitud.___ ¡Ahí está! ___ dijo, viendo, al final de la barranca, el recorte negro sobre los claros de nube, del raro perfil de solanácea zocata.
    Las tres horas largas de marcha y la maltrecha calidad de la roca, son causa sobrada para el desprecio de los escaladores de la comarca, por lo general, esclavos de las zonas equipadas y malacostumbrados al vuelo seguro, cuando el paso pinta chungo, algo que Timothy nunca podrá permitirse en el amarillento y abombado Cantal de la Berenjena.
    Llegó. Son las dos de la madrugada en la base de un espolón que no conoce; que no está al paso de ningún lugar, ni es itinerario a ninguna parte. Aislado en el corazón de un enjambre de lomas recubiertas de matorral espinoso, la zona, ni es apta para escalar, ni para marchas ni para nada.

___ ¡Para llegar allí, hay que querer ir allí. No hay otra! ___ le había dicho Pepe Poveda, el más viejo y veterano escalador del lugar, El anciano le habló del Cantal de la Berenjena, oculto entre las montañas que rodean el peñón por los cuatro lados de la rosa de los vientos, le contó su fallido intento cincuenta años atrás, superando el destartalado pasaje que él llamaba la verruga, y lo poco que le faltó para matarse, a punto de coronar la circular repisa, que hubiera supuesto para él y su malogrado amigo Paco Civera, una conquista épica. No fue así y aquel rincón cayó en el olvido por la mala fama de su piedra, antes incluso, que nuevas técnicas y modernos materiales degradasen la escalada al juego vertical que es hoy.
    Un sueño ladrón, le robó el brillo estelar de una noche que, al descubrirse, pintó de plata el rabo de la berenjena, arrastrando su sombra sobre él, para marcar su destino.

*

    No ha dormido bien. La última conquista de Juan Cañas, en el espolón norte de la Peña del Cid, le obsesiona desde hace días. Fue la noticia en el club la misma noche en la que el viejo le contase su añejo intento de escalada. Para postre, se rumoreó que Cañas llevaba entre ceja y ceja un proyecto que, por difícil y peligroso, él mismo definió como un bombazo para la escalada local. Hacía una semana de aquello y nadie le había visto desde entonces.
    Inquieto, salió del saco cuando aún no había despuntado el sol y miró la desgastada roca. Estaba ciertamente bastante suelta, pero no tanto como para no poder trepar por ella. La escalada había evolucionado mucho en cincuenta años.
    Reconoce el pasaje de la verruga y concluye que el veterano había escogido bien. El sol comenzó a dibujar sobre la pared las exactas líneas de las cercanas colinas y pronto sentiría su benéfico calor. Sin perder más tiempo se abrochó el arnés, colgó en sus anillas unos cuantos friens y algunas clavijas variadas y se ató las dos puntas de la cuerda, abriendo bien cada brazada, asegurándose que desmadejen bien, sin posibilidad de enredo.
    Timothy, había desarrollado una técnica de atarse en solo, que sin ser segura al cien por cien, pues ninguna lo es, a él le bastaba. Un disipador fijado a su arnés y un Grigri invertido, con unos metros de cuerda flotante, hacían funcionar un invento que, sin embargo, él nunca probó en pared ___ ¡Lo mejor es no tener que saber nunca cómo funciona! ___ Contestaba siempre que alguien le preguntaba. En el fondo compartía la teoría del sólo integral de Cesare Maestri, en cuanto a la escalada en solitario, pero también creía que no estaba de más tomar algunas precauciones en casos como el de hoy.
    Comenzó a escalar. El desplome inicial, muy ligero allí, lo solventó sin titubeos; metió un friend y subió unos metros más, para alcanzar el principio de la verruga, una sucesión de lajas descompuestas, amontonadas atolondradamente por el dios de los equilibrios, que semejaba fea cicatriz sobre la redondez del imitado fruto anual. Pensó que aquello si que era, de verdad ¡Un buen berenjenal!, y sonrió por la ocurrencia. El hueco, donde descansó para colocar dos buenas clavijas, era el dejado por un bloque desprendido, de tal suerte, que habiendo quedado al descubierto una roca más compacta, la aflorada grieta se tragó cantarinas los dos hierros hasta la cabeza. Los rayos del sol llegaron en ese momento recargándole de energía. No encuentra dificultad, pero si mucho peligro, el tramo siguiente, más que escalando, lo pasó como un algodón sobre el calcáreo amontonamiento. Se había dado la cuerda suficiente para llegar al vértice de la verruga y allí, volvió a meter otra clavija, aunque no tan sólida como la de abajo.
___ ¡Ahora viene lo bueno! ___ Observó el camino de salida a la redondeada plataforma cimera, y añadió ___ ¡Que huevos tiene el Poveda!
    Era el paso clave de la vía, liso, vertical y con mala roca. No podía pedirse escenario peor para un escalador. Metió otra clavija y más confiado examinó las alternativas que le ofrecía la pared. No le separan más de diez metros de la repisa pero es uno de esos momentos en los que quieres tener en la reunión un compañero del que poder tomar las fuerzas necesarias para completar la propia osadía, pero allí no hay nadie más.
    Él y el Cantal de la Berenjena. El sol cuelga en el cielo azul y la gloria en el horizonte vertical. Sabe que si lo piensa mucho, le costará más. Revisa por última vez las clavijas y no le parecen tan sólidas. Respira hondo…
___ ¡Allá voy!
    Lo ha susurrado delicadamente, imprimiendo desde ese instante el mismo y suave temple a sus movimientos. De vez en cuando observa el punto intermedio del pasaje donde, augura y ansía, una buena presa que rebaje la tensión psíquica y muscular, y tal vez la posibilidad de meter algún seguro a su precario equilibrio sobre el delicado pasaje. El mundo se ha parado. El tiempo no existe. Las yemas de los dedos y las punteras de los pies, cierran en ellos su horizonte visual.
___ ¡Ya está! ___ Suspira aliviando adrenalina y estira los brazos descargándoles tensión. Un microfisurero, que ya hubiera querido para sí el viejo Poveda, le proporciona más moral que seguridad efectiva. La pared había comenzado a ceder verticalidad, perdiendo grados de dificultad e inclinación hasta morir en la impecable repisa de buena roca. ¡Lo ha logrado! y aunque todavía queda por escalar la astilla final, la mejor calidad que observa en su caliza gris y compacta, le impide reprimir su aullido de guerrero de las paredes, que suena claro y fuerte:
___ ¡Nacido para escalaaaaaar!
    Pero al pie del rabo de la Berenjena, no hay eco que responda. La soledad es total.
    Los últimos ocho metros no tienen más historia que la de un paseo entre las buenas presas que la caliza mediterránea proporciona, pero la cumbre es tan puntiaguda e inclinada que desiste de plantarse en ella y agarrado a la última parte del bloque, lo rodea con un cordino y monta el corto rappel. Antes de descender se queda un instante colgado sobre la cima y deja volar la vista, que se pierde en el horizonte de familiares relieves montañosos, delatando el lugar que le vio nacer.
___ ¡Veremos quien logra la mayor conquista! ___ Exclama para sí, y lentamente, como recreándose en la suerte de rapelar y adornándose con pequeños saltitos de púgil confiado, alcanza la confortable repisa donde comienza a instalar los seguros para el rappel definitivo.

*

    Ni él mismo sabe como ha ocurrido, pero ya no hay remedio. La cuerda dio el último tirón y saltó libre y suelta al vacío, dejándole con el montaje listo y sin aquella para bajar. Con el ruido de los martillazos, no escuchó el latigazo sonoro del perlón cayendo a pliegues sobre un vació, tan próximo a la línea de rappel, que la cuerda se había decantado por el vuelo largo, en lugar de quedar replegada sobre la repisa.
    Incrédulo, miró hacía arriba para comprobar que el anillo de cuerda estaba suelto y descansaba sobre un saliente debajo del emplazamiento inicial que él le había buscado. Dedujo que el último saltito, de púgil agilipollado, terminó por estirar un nudo mal apretado y maldijo en silencio dando golpes a la pared. Había escuchado historias de nudos y desenlaces similares, incluso, algunos amigos le habían asegurado estar vivos de milagro, al haberles caído la cuerda del rappel encima, nada más llegar al suelo, y lo había creído posible, pero que le ocurriera precisamente a él y en aquel lugar, no lo podía aceptar.

*

     Llegó la noche convirtiendo el día en un mal recuerdo que no logra olvidar. Acurrucado sobre el suelo de aquella grada no piensa en nada. Ausente al frío, pero también a la esperanza de un pronto rescate, tiene hambre y rabia, mucha rabia, pero no hay nadie a quien maldecir.
___ ¡Timothy!___ La voz surgió frente a él, pero no levantó la cabeza. De pensamientos, ruidos y raras voces ya había copado el día, pero la voz, ahora reconocible, insistió:
___ ¡Timothy, Soy yo! ___ Sí, era él. Era la voz inconfundible de su antiguo amigo.
___ ¿Tu?
___ Quería verte.
___ ¿para qué? Tú y yo, ya no tenemos nada que hablar ___ Se sorprendió de no mostrar ira, a pesar de estar hablando con él ___ ¿A que vienes? ¿A reírte de mi mala suerte?___ ¡No me dirás que también as coronado esta cumbre antes que yo! Porque…
    Juan Cañas negó con un gesto y su voz interrumpió la letanía de quejas que Timothy ya tenía preparada en la punta de la lengua.
___ Sólo quiero pedirte perdón.
    No llovía, pero todo el horizonte visual de Timothy quedó turbiamente mojado y apenas pudo contestar con otro ___ ¡Perdóname tu a mí!
    Ambos fueron uno solo, firmemente apretados. La luna cruzó un firmamento cuajado de explicaciones que, como estrellas, brillaron en lo más hondo de sus corazones, el tiempo aceleró la noche y mudas alegrías rebotaron en la cercana oscuridad como aleteos del alma henchida de paz. Se contaron mil aventuras para hacerlas suyas y una sola, pero ningún proyecto. El destino había cruzado su propia línea para cambiar el orden astral de los dos amigos.
    Ya amanecía, cuando Juan Cañas abrazo a su amigo, antes de desaparecer atravesando la pared de roca.

*

    El sol ya estaba en todo lo alto cuando Timothy despertó sobresaltado por el ruido del helicóptero, que al situarse sobre su vertical, acrecentó el ruido de los rotores al estabilizar su vuelo y sumar el potente altavoz desde el qué, el piloto, intentaba tranquilizarle.
___ ¡Juan Cañas! ___ ¡Brruzzz, Brruzzz ___ ¡Atención, Juan Cañas! Te habla el Capitán Tendero de la unidad de rescate en montaña ___ Brruzzz ___Tu padre escuchó anoche el contestador y nos indicó tu posición ___ Brruzzz ___Tranquilo que vamos a bajar para proceder al rescate.
    Todavía confuso, percibe cierto revuelo en el helicóptero. El copiloto ha señalado el suelo de la cara oeste, la contraria a su escalada. Timothy se asoma al abismo al tiempo que descendía el aparato hasta situarse cerca del suelo, donde yacía el cuerpo inmóvil de otro escalador.
    Cuando el helicóptero volvió a elevarse hasta su altura, el Capitán Tendero no tuvo tiempo de formularle la pregunta que él ya sabía.
___ ¡Hermaaaaaanooooos de cuerdaaaaaaaa!

Dibujo de  Carlos Goyarrola extraido de la revista Pyrenaica nº 232
Dibujo de
Carlos Goyarrola

Cuentan, que este grito del guerrero de las paredes simboliza desde entonces el perdón entre los escaladores del mundo que, siendo de la misma ilusión siameses, hayan sido capaces de encontrar, en cualquier estrellado firmamento, sobre la cumbre más ancha, o la más estrecha aguja del universo, el silencio exacto que, desde el corazón, iluminase su sincero sentimiento.
    Dicen que este himno de lo vertical, nació aquí, en un rincón perdido y olvidado entre las redondeadas lomas del espinoso monte bajo mediterráneo, en una roca bermeja, tan lejana y escondida, que sólo puede ser vista por aquellos que han sido capaces de mirar en su corazón y pedir perdón al amigo, al compañero que una vez, compartió su misma ilusión y se ató a su misma cuerda.
    Yo la he visto en una noche de luna llena, y la llamé: “El Cantal de la Berenjena”.

FIN
***

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Por: Juan Manuel Maestre Carbonell