Aunque sea Navidad, o precisamente por ello, conviene
dar un paseo que ayude a rebajar volúmenes indeseados, fruto
de excesos gastronómicos. En eso estaban nuestros amigos, subiendo
sin prisa por el empinado sendero que, desde el estrecho de Agost, y
no sin poco esfuerzo, les llevaba a la cima más alta de la comarca:
el Puig Maigmó.
Venían caminando desde la ermita de Catí, por el collado
de la Foradá y el Clot de les Manyes. Antes de llegar al Estret
d’Agost tomaron la rambla en busca de la empinada senda que, poco
después, superaron entreteniéndose en saborear los frutos
del bellotero. Sabían bien los veteranos que no hay cuesta que
mil años dure, y la paciencia acompasada al ritmo personal fue
la clave para subir sin prisas, pero sin pausas. Fue Bonifasi quien
eligió las bellotas más sabrosas. Recorrieron la cresta
que delimita los territorios con Castalla, paraje desolado y seco que
les conduciría hasta el vértice geodésico.
__¡Qué tranquilidad Bonifasi!
__Y que lo digas. Casi nadie sale en estas fechas que son, según
dicen, más propias del recogimiento familiar.
__Y mejor que así sea. Más tranquila está hoy la
montaña. Que con tanta gente apuntada a la moda de andar por
el monte, pronto se le ocurrirá a alguien restringir determinadas
áreas. Ya hay parajes donde ocurre; y no creas que haga mucha
falta. Es lo de siempre. La legislación prohibitiva, por aquello
de que es mejor prevenir que curar. ¡Así estamos! Siempre
poniendo vendas a todo, a falta de una buena educación medioambiental.
Bonifasi no contestó al amigo. Caminando por la blanquecina tierra
se acercaron a las rocas que culminan la puntiaguda pared Sur del Maigmó.
Conocían bien la ruta que, entre grandes bloques, sube en chimenea
y traspone los espolones accediendo a la vertiente Norte. Ya estaban
cerca. Es el camino menos conocido de cuantas llegan hasta la cima de
la montaña y, sin embargo, para ellos es el más recorrido
desde sus años mozos, cuando todo el territorio seguía
virgen para la escalada; pues más o menos, por allí, acaban
las principales vías que surcan las rectilíneas chimeneas
entre las desgastadas y peligrosas paredes que se orientan al Mediterráneo.
Coronar el Puig Maigmó en Navidad, es un clásico para
los dos amigos; una buena manera de cerrar las actividades de todo un
año; un guiño a la intención de continuar, mientras
puedan, subiendo a lo más alto; ritual que viene ya de antiguo,
y aún perdura entre algunos grupos montañeros y que, en
muchos casos, quiere significar el propósito de continuar en
la misma línea deportiva del montañismo.
Es costumbre además, para este par de montañeros, despedir
el año poniendo un belén entre las rocas cimeras. Más
por tradición que por creencia, viajaba el belén, como
cada Navidad, en una mochila, junto al turrón, mazapanes y otras
viandas, unidas al fruto recién recolectado del bellotero. No
olvidaron el vino. Uno bueno para la ocasión. Nada de Cava, que
no estaban los cuerpos para beber monerías. ¡Si hay que
beber, se bebe lo mejor! que a un buen tinto nada le hace sombra.
__Ya llegamos Montañerico. ¿Puedes subir o te ayudo?
__¡Si te espolse una garrotá te escagarritas!
El lugar es especial, escondido entre los vericuetos de la cresta y
cubierto, incluso desde la distancia, de cualquier visibilidad. Entre
espolones rocosos y a escasos metros de la cumbre, pudieron escuchar
el jolgorio apagado por el viento y el roquedo, de algún grupo
numeroso que al igual que nuestros amigos, celebraban el señalado
día.
Se sentaron sobre la roca al sol escaso que, entre las peñas,
se cuela por el hueco orientado al mar, y tras un breve descanso con
la mirada quieta sobre el azul horizonte, encuadrado por las paredes,
Bonifasi sacó el Belén y lo dejó en el hueco, ya
habitual, donde quedaría hasta que pasado un tiempo indeterminado,
regresen otro domingo a por él. Fue el de Petrer quien habló
primero.
__Este año te toca a ti despedir el año.
Montañerico, asintió con la cabeza y sacó de la
tapa de su mochila un papel. Desde hacía unos años, ambos
se habían tomado tan en serio la proclama de este mensaje de
fin de año que, en lugar de improvisarlo de viva voz, lo solían
tener bien pensado y escrito. Es una especie de rivalidad entre ambos,
queriendo sorprender al otro. Este año le tocaba al de Elda.
Bonifasi aguardó expectante y Montañerico comenzó
a leer con buena voz, demostrando que lo tenía bien ensayado:
Son demasiadas navidades deseando paz, alegría y felicidad,
sin que sirva de mucho. Deben tenernos por imbéciles quienes
viven en la parte ancha del embudo y dominan el globo a su antojo; por
ello, a los malvados del mundo y sólo a ellos, dedico este año
mis deseos; porque, aunque de nuevo es navidad, esta vez ya estoy cansado:
Cansado de ser panoli a beneficio de cerdos
intocables, que nunca atrapa la poli.
Cansado de la ley injusta, que más que ciega es falsa y
necia, absurda o tonta.
Cansado y harto de tanto lagarto en este país de las mil
maravillas,
donde sólo hay carbón, para quien pone la otra mejilla.
Que nadie se asombre si maldigo al hombre que a una mujer maltrata.
Que le den garrota al que vive de la infamia que a un niño
explota.
Que mal rayo parta, al político corrupto que olvida a su
pueblo y sólo hace bulto.
Que el año venidero caigan las caretas de todos los profetas
y que muera el beneficio,
de aquellos que sin oficio, sólo piensan en su bancal.
Que sea infeliz el gobernante opresor, __ ¡o mejor!__
que se ahogue en su propio asco,
que este mundo es un fiasco y algún día tendremos
que hacerlo mejor.
Que el avaro lo tenga todo, y el ruin su propia orín,
y que ambos, en ese lodo, se coman codo con codo, toda la mierda
de su festín.
A las mujeres y hombres corrientes,
a nosotros, a quien todos mienten y engañan,
que el año venidero se nos caiga la venda y el tapón,
y acabemos con tanto cabrón, ¡ladrón del orégano
y del monte!
Nada lamento si en algo ofendí, ya que siendo así
lo que siento,
que mi plegaria se os atragante,
cada vez que finjáis ceguera ante el humano amor, la pobreza
o el honor.
Y si es que os hace ilusión,
brindemos por la ocasión del año venidero,
para que sea quien sea, el que todo lo ve,
que a cada cual dé su merecido,
pues a este mundo hemos venido, nadie sabe a qué,
pero de él te llevarás, lo que guardes en tu corazón…
Y nada más.
Cuando acabó, Montañerico buscó
la mirada de Bonifasi, esperando algún comentario a sus deseos
para el próximo año nuevo; pero éste, que conocía
bien a su amigo, sonriendo, levantó su vaso de buen vino y sólo
dijo:
__¡Amén!
El sol venció al cénit camino hacia la tarde y el mar
brilló en aquel estrecho horizonte entre peñascos. Desde
la cima, tenuemente llegaban villancicos y deseos de un año nuevo.
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